Deslices

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sábado, 5 de septiembre de 2015

"Érase una vez en el Oviedo Antiguo"



Vetusta Blues. –

Érase una vez en el Oviedo Antiguo”


Hubo un tiempo no muy lejano en el que los constructores mandaban en los destinos de este país. Como no podía ser de otra forma, la onda llegó hasta la ciudad y comenzaron a hacer notar su siniestra influencia. Se demolió una vieja estación de tren en el centro de la ciudad para iniciar una espiral de construcciones delirantes de aparcamientos innecesarios. La historia era ese lastre que pesaba sobre la vieja y gris ciudad. Hablaban de “modernizar”, pero sólo pensaban en “llenarse los bolsillos lo más rápido y fácilmente posible con cualquier excusa de una imperiosa necesidad”. Los delirios llegaron hasta tal punto que algunos planearon rascacielos a la entrada de la ciudad y horadar el Campo de San Francisco para aliviar todas las deudas de una locura que no era sino una nueva versión del extraperlismo con el que muchos consiguieron hacer fortuna en los tiempos del desarrollismo.

La piqueta llegó también al Oviedo Antiguo, ese núcleo donde abyectos intelectuales y bohemios habían encontrado un refugio con el que alumbrar sus creaciones. A ellos se les habían unido una nueva generación de jovenzuelos que gustaban de charlar y beber hasta altas horas de la noche escuchando la música que se creaba sin parar a través de eso que llamaron la movida. A algunos eso les empujó a ponerse del lado de los constructores, a pensar en un nuevo lugar en ese Oviedo Antiguo, recoleto y entrañable, para convertirlo en una ciudad dormitorio de ensueño de nuevo rico de los sesenta a la manera de Jesús Gil. Sí: un Oviedo Antiguo sin bares, sin movida, sin música en directo, sin tertulias, sin nada de nada. Un absoluto mar de la tranquilidad, un parque temático del aburrimiento. Para eso constituyeron los elementos con los que poner en la picota a esa pandilla de zarrapastrosos e indeseables que poblaban por las tardes y por las noches unas calles que ellos pretendían limpias de cualquier vestigio de humanidad. Soñaban con el nuevo negocio al lado de sus amigos los constructores, que contribuirían con parte de sus ganancias a sus sueños dorados, unos magníficos viajes a Las Vegas donde romperían la banca con sus habituales apuestas. Del hipódromo ovetense a la alfombra roja del sueño americano, eso era lo que conseguirían con sus denuncias absurdas, con su lucha contra la música en vivo, contra la perniciosa movida.

Los tiempos cambiaban más que ellos y a la vez que la burbuja constructora explotaba, una nueva generación inundaba las calles con botellón y ruido constante en vías repletas de gritos y peleas de borrachos al borde del coma etílico. Ellos no transformaron su discurso: los culpables eran los bares que programaban música en directo y, por supuesto, los músicos. Pero los tiempos también se encargaron de desenmascarar su embuste. Nada proponían que no fuera coercitivo. Todo era prohibir y acabar con cualquier atisbo de creación. Las necesidades de un barrio maltratado por la ruina, la vejez y la pobreza no eran sus objetivos. El suyo, ya lo conocen: la música en vivo había causado todos los males del Oviedo Antiguo. Nuevas asociaciones, impulsadas por gente joven y, sobre todo, limpia (de intereses ocultos, que no soñaban con romper la banca en Las Vegas) surgieron y mostraron su inquietud por agitar el barrio. Y quedaron en evidencia. Los músicos reunieron más de seis mil firmas a favor de la música en directo y la historia parece haberse decantado del lado de la razón y no de la intransigencia a la busca de un trato exclusivo y de favor. Quizás, ahora, deban pensar en ese viaje –esta vez no con los gastos pagados- a Las Vegas.

MANOLO D. ABAD
Publicado en el diario "El Comercio" el sábado 5 de septiembre de 2015