Deslices

Deslices

sábado, 22 de agosto de 2015

La Novela

 

Vetusta Blues. –

La novela”


El verano comenzó con el propósito tantas veces deseado de terminar aquella novela que había iniciado hace ya muchos años, cuando descubrió que sí, que podía ser capaz de comunicar mucho con la escritura. La novela necesitaba rehacerse en aquellas páginas ya escritas, puesto que los tiempos habían cambiado mucho desde aquel arranque, desde que aquellos ochenta folios atrapasen esa historia que aún seguía bullendo en su cerebro.

Cumplidos más de dos tercios del verano, el propósito había sido imposible de llevar a cabo. Como un detonador, toda una serie de acontecimientos vitales fueron desarrollándose en su entorno. El castillo de naipes se hundía a cámara lenta, atravesado por una cadena imparable de fichas de dominó, que caían con certera prestancia para evitar que tuviera un solo segundo de descanso para pararse y destinar tiempo a aquella novela.

Tan pronto ocurrían sucesos a su alrededor como pasaban en su propia vida, que se había convertido en un torbellino imparable de aguas bravas, amenazando con destruir cada una de las bases sobre las que se asentaba su existencia. No había escapatoria. Cada historia exigía el ansiado tiempo para detenerse y apenas si había un minuto para pensar. Mucho menos para escribir. Eso se había convertido en otro acto reflejo, mecánico, con el que salvar los escollos de cada uno de los próximos compromisos. Apenas había un segundo para detenerse a contemplar su propio rostro en el espejo, como si estuviese dentro de una película de Jean-Pierre Melville. La corriente le arrastraba y era incapaz de disfrutar al máximo de los buenos momentos que, en medio de esa gran sacudida de acontecimientos, la vida también le estaba brindando. No podía saborear el rostro de Ella al amanecer o ensimismarse en la contemplación de un cielo azul cobalto anocheciendo con su cabeza acurrucada en su pecho. No, no había tiempo o no parecía haberlo, mientras la novela, abandonada, yacía en un sueño a la espera de un rescate que no podía ser posible.

Y en eso llegó el estallido, la gran decisión. Todo pareció romperse, su mundo se derrumbaba en una gran crepitación tras la que el vaivén se detuvo. Fue entonces cuando nada importó. Adiós a un embaucador que trató de utilizarle. Un adiós nada doloroso vista la naturaleza del individuo. Adiós al mundo que se empeñaba en ocuparle con inquietudes de todo tipo. Ella pareció despedirse para siempre al otro lado del hilo telefónico y sólo era culpa suya, por haber naufragado en aquel torrente de imparables acontecimientos, por haberse dejado dominar por sus miedos e inquietudes, por no afrontar que Ella era lo más hermoso que existía en su vida, aquello por lo que merecía la pena todo lo demás. Encendió el ordenador tras haber escuchado en profundidad el tic-tac de un reloj despertador que ya no usaba y atravesó el silencio con una canción de Havalina. El cielo de Oviedo le contemplaba impasible con su impávido e inconfundible color gris. Difícil discernir si era verano o invierno, primavera u otoño. Fue entonces, mientras se dejaba atrapar por las guitarras de la canción, que su mente empezó a dictar órdenes a sus dedos y a retomar, por fin, la novela.

MANOLO D. ABAD
Foto: AMADOR NEIRA
Publicado en el diario "El Comercio" el sábado 22 de agosto de 2015