Deslices

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sábado, 15 de agosto de 2015

Gaviotas, palomas y ardillas

 

Vetusta Blues. –

Gaviotas, palomas y ardillas”


La ciudad asiste a una nueva colonización animal. Seguro que a muchos de ustedes les habrán despertado a temprana hora los inconfundibles graznidos de las gaviotas. Quizás, como en una continuación placentera de un sueño, han pensado que se encontraban en algún lugar de la costa. Pues no, ya están aquí: las gaviotas han hallado cómodos techos lisos en la ciudad donde poner sus huevos sin problema y reproducirse de manera desmedida. Rotos los ecosistemas, las gaviotas buscan y encuentran otro tipo de alimento, diferente al marino donde producen el necesario equilibrio de la naturaleza. Pero, ahora, perseguida su peligrosa y desmedida reproducción en la vecina Gijón, se atreven a internarse en el interior, en Oviedo, con las consabidas molestias para los habitantes de la ciudad.

Pero la palma en cuanto a animales invasivos y nefastos para la vida de una ciudad se la llevan las palomas, cuya extraordinaria e imparable capacidad procreadora trae un sinfín de molestias a los ovetenses. Recuerdo hace muchos años, en la vieja casa de mis padres en la calle San Bernabé cómo contemplé durante meses la erosión que las palomas eran capaces de producir. Me asomaba, día tras día, a la ventana del despacho de mi padre, contigua a la de mi pequeña habitación, para verlas, pica que te pica, horadando la superficie del alero del tejado aledaño. Comprobé cómo el hueco iba haciéndose mayor, cómo iban destrozando toda la superficie arquitectónica, hasta lograr un hueco de enormes dimensiones donde cada vez más se acumulaban nuevos ejemplares del destructivo animal. Ahora, la extensión es tal que ni tan siquiera tiene uno un momento de descanso cuando puede disfrutar del placer del terraceo por la ciudad. Tal es el descaro que se marcan en su peculiar colonización, que resulta casi imposible tomarse algo sin tener que espantar al molesto animal. En la zona de la calle Caveda o en la plaza del Riego, el asunto toma un cariz pesadillesco que ríase usted de la célebre película de Alfred Hitchcock “Los pájaros”. Se sitúan sobre las mesas, comen –sin importarles la presencia de seres humanos- de las tapas que se ponen a los clientes y, en definitiva, molestan uno de esos momentos de placer que esta vida nos permite aún a la mayoría de ciudadanos: el tomarse algo con tranquilidad en una terraza. La colonización ya se ha hecho realidad en el Campo de San Francisco, donde han invadido, con su habitual descaro, el estanque de los patos y señalado su terreno con esa soterrada agresividad que guardan para no dar un paso atrás tras una falsa estampa de placidez.

Todo lo contrario de lo que les sucedió a las pobres y simpáticas ardillas que hace unos años quisieron introducir en el propio Campo de San Francisco. Sucumbieron y se echan de menos su elegancia y discreción frente a estas aves parásitas, extremadamente molestas y muy nocivas para la ciudad, sus habitantes y su propia proyección turística.

MANOLO D. ABAD
Publicado en el diario "El Comercio" el sábado 15 de agosto de 2015