Deslices

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miércoles, 10 de febrero de 2016

La paz del Campo de San Francisco


Vetusta Blues. -

La paz del Campo de San Francisco”


Uno celebra esta paz en medio del centro de la ciudad. La paz del Campo -no Parque, ojo- de San Francisco. Uno de esos pulmones de paz para recuperar la forma de ser, como en aquella vieja canción de Nacha Pop “Con tal de regresar”. Un pequeño oasis donde pararse, contemplar, pensar,... Claro que algunos echan en falta el movimiento. Siempre el movimiento, siempre ese movimiento hacia ninguna parte, hacia el fin de los días, hacia el abismo... Frenético, imparable. ¡Que no pare la música, cuanto más pachanguera y perturbardora! ¡Que no se detengan los eventos más absurdos! ¡Que persista la contaminación ruidosa ambiental! ¡Que nada nos permita pensar, pararnos a una reflexión, concentrarnos en una mínima observación sobre nuestra vida y sus circunstancias! Leer un libro, escuchar un disco con la pausa necesaria.

Lo tenemos en el centro, ahí está: el Campo de San Francisco. Un lujo al alcance de quien se pare a disfrutar de las pequeñas cosas. Nada de un automóvil de alta cilindrada, un paseo relajado rodeado de árboles. Sin exhibiciones vacuas, encontrándonos en cada esquina con los resquicios de nuestro ser a recuperar. ¿Cómo alguien puede desear acción en un marco tan saludable? En París, internarse en los jardines del Palais Royale es uno de esos lujos -por los que no hay que pagar- que nos transforman más allá del estrés diario, de ese intenso viaje a ninguna parte que tanto exige la vida cotidiana de muchos. Remontar la Cuesta de Moyano e internarse en el Parque del Retiro de Madrid es uno de esos placeres que nunca podrán entender quienes quieren velocidad absurda, resultados inmediatos, los que harían todas las trampas posibles y cogerían todos los atajos que hagan falta para llegar a esa cima ficticia que consideran éxito. Los mismos que piden acción para el Campo de San Francisco. Los mismos que desean acabar con el lujo de la paz del Campo de San Francisco. Como palomas parásitas que invaden el idilio del estanque de los patos, como los que horadaban la obra de arte del Mosaico de Antonio Suárez en el Paseo de los Álamos, como esos que dicen representar a los hosteleros (y cada vez los representan menos) y lograron su chiringuito-anti-chiringuitos Gastroguay. Como todos los que apoyaron a quienes pretendían pagar las deudas de su desmanes previos en un régimen de barra libre de impunidad de veinticuatro años socavando los cimientos del Campo de San Francisco para otro inútil párking más en la ciudad (¿una nueva idea feliz de la prensa que no les ha reído sus gracias con poca gracia?). 
 
Disfrutemos de la paz del Campo de San Francisco en estos días turbulentos. De la belleza de esos todoterrenos que son los patos, de los cisnes, de los colores de sus árboles, de las confidencias cerca de las estatuas de Clarín o del gran olvidado Palacio Valdés... De la tranquilidad, de la paz, tan necesaria siempre para recuperar la forma de ser. De este lugar tan propicio para las letras y los escritores.

MANOLO D. ABAD
Publicado en el diairio "El Comercio" el miércoles 10 de febrero de 2016