A LAS PENAS, A LAS ESPERANZAS, AL AMOR
En 2004 terminé mi primer libro de relatos, que titulé "Insolaciones" y que permanece inédito. Sin darme cuenta entonces y al reencontrarme con él tras mucho tiempo -en un desolador cajón- veo que ya confluían dos líneas claras en los relatos: una, la eminentemente narrativa; y otra, donde la prosa poética se abría paso.
Recuperé y ahora que lo pienso, hice bien, algunos de esos textos en mi libro "Rec-Capitulación" (Turbulencias, 2018), donde se reunieron poemas perdidos -¡que aparecieron en una libreta cuando ya estaba el libro a punto de ir a imprenta!- relatos sueltos en fanzines, revistas y libros colectivos, además de relatos inéditos, algunos de los cuales pertenecían al mencionado "Insolaciones". Éste es uno de ellos, probablemente, mi favorito.
A LAS PENAS, A LAS ESPERANZAS, AL AMOR
Regresé a casa cantando mentalmente “Aleluya, aleluya”. No era la canción de Leonard Cohen, era la de Nick Cave. La noche se había desarrollado con un crescendo insuperable y, ahora, de regreso a casa con paso dubitativo y despreocupado, todo volvía a su sitio. La niebla del alba en verano parece ensuciada por una extraña y fantasmagórica luz que se filtra entre mis sombras y las de los objetos que ante mí se presentan. La ruleta nocturna ha hecho girar la bola y el número vencedor ha sido el mío. La banca se ha roto y ya no habrá más miseria en mi corazón. Todas las campanas sonarán al mismo tiempo, resuenan en mi cabeza “Aleluya, aleluya” y esta insolación nocturna es sólo un aire frío y húmedo que hace enrojecer mis mejillas.
Cuando acaba la sequía en pleno verano las cuerdas de las guitarras vibran, saltan chispas y los cuerpos tiemblan celebrando la bienvenida a la lluvia, placentera, inesperada, deliciosa. Y tras el chaparrón, regresa una calma que no tiene nada que ver con el paisaje previo. Arrasados la soledad y el dolor, derrotado el vacío, se abre paso un nuevo horizonte. Amor y esperanza se enlazan en esta extraña niebla. No me dejan ver más allá de mis pasos, pero me arrullan y provocan el llanto de placer por todo lo que se ha quedado atrás.
Cada caricia parecía un nuevo mundo, el roce de las pieles un placer remoto demasiado tiempo oculto en las sombras de un amor neurótico, caprichoso e ingrato. El leve manto de agua de las calles vacías ilumina mi rostro y sé que el castigo de sus palabras, de sus vaivenes de amor ya no volverá. Un nuevo horizonte amanecerá tras esa niebla en una nueva mañana para borrar aquel cuerpo que te hizo descender a los abismos de tu alma.
Volverá a sonar el teléfono, volverás a escuchar su voz, volverá a exhibir su cuerpo, pero todo eso ya no tendrá sentido, porque ella ya es pasado y un nuevo presente, quizás futuro, se ha asomado en esta extraña madrugada veraniega.
Y ahora te das cuenta de cómo la gangrena se había abierto paso en tu corazón, cómo sus cambios de humor te habían conducido a la confusión y la soledad, cómo cavaste el pozo hondo y cómo ahora hay luz al final del túnel.
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