sábado, 18 de julio de 2026

"Tres botellas para el fin de un amor" en "De Vinos"

 


En marzo de 2019, aún bajo la etiqueta editorial "Alternativas", previa a la denominación actual de Más Madera Editorial, se publicó el libro colectivo "De Vinos", bajo el abrigo de la Denominación de Origen del Vino de Cangas.

Me quedé muy satisfecho de mi aportación a este trabajo con mi relato "Tres botellas para el fin de un amor", que gustó también a los responsables de la Denominación y lo eligieron para incluir en la referencia al libro de su página web.

Aquí os lo dejo:


TRES BOTELLAS PARA EL FIN DE UN AMOR


Sábado, 9 de febrero.

Botella 1: Viña Ardanche, Denominación de Origen Navarra.


Se contempló en el espejo. No solía hacerlo más que cuando se afeitaba, pero, esta vez, sus ojos se hundieron en el fondo de la estampa que tenía frente a él: la suya. Se acordó de la película de Jean-Pierre Melville “Le Samuraï”, de la escena en que Alain Delon (Jeff Costello) se arregla las heridas frente a su reflejo. Le gustaba más el título de “El Silencio de un Hombre”, con la que se la conocía en España. Eso era lo que le quedaba ahora: silencio. Un silencio sólo roto por la música. Escogió un disco de los Tindersticks. Sonaba “Medicine”. Abrió una botella de vino de Navarra. Un “Viña Ardanche”, uno de esos baratos pero resultones con los que asumir la soledad que se empeñaba en abrumarle. Era difícil elevarse sobre las cenizas. Marcelo Ayúcar quería escapar, olvidarse del amor de su vida, pero le costaba tanto que ya estaba pagando un precio demasiado grande. A veces, la abulia; a veces, la desesperación de ver que no había la posibilidad de solucionar el dolor de su corazón. Pero, por más que lo intentaba, no lo conseguía. Aquello se había insertado en su corazón como un chip maligno que le impedía empezar de nuevo. Eso era lo único que necesitaba: empezar de nuevo. Porque todo se había ido viniendo abajo, como un castillo de naipes, peor aún, como un juego de fichas de dominó que caían, una tras otra, como una rítmica voraz que le conducía al abismo más profundo, a un naufragio concatenado en que cada una de las fichas contribuía a hundirlo más. Amor, trabajo, la salud, aún con tenues marcas pero implacable en su desarrollo. Era la ruina total de una tribulación absurda que había comenzado con su ruptura amorosa.

Ahora sólo medía los tiempos que le quedaban, como en una contrarreloj a la inversa. ¿Cuántos meses podría durar en esa situación? Estaba harto de que el sentimiento del amor perdido le persiguiese de esa manera. Sólo quería olvidarla, olvidarla al fin y que sobre esas cenizas pudiera reconstruirse. Que la maldición de aquel malogrado amor se acabase. Que la maldición de aquella segunda oportunidad, vivida veinte años después, desapareciese. Que su vida arrancara de nuevo. No morir en esa atonía. En ese aislamiento, donde ocultarse de todo lo que le hacía percibir el fracaso a su alrededor que se cebaba, con inquina, en cada uno de los aspectos de su existencia.

A nadie le importa demasiado nada de los demás. Y él tampoco pretendía que no fuera así. Por eso, se encerraba en su casa. Con su música, con una botella de vino, tratando de olvidar. Tenía miedo de que su corazón roto se perdiera, como antaño, en la profundidad más oscura de la noche. Que, roto en mil pedazos, volviese a caer de nuevo en todo aquello que ya había conseguido dejar atrás cuando la vida le permitió resucitar por primera vez confrontando a todos sus fantasmas.

Sin embargo, cuando la botella se terminó, volvió a hacer de tripas corazón y se sumergió en medio del bullicio de una noche de sábado. Una noche que ya sólo era silencio para él. 


Martes, 12 de febrero.

Botella 2: Siete Vidas, Denominación de Origen Vino de Cangas.


El miedo al miedo era el que presidía todo. El miedo a acabar en la calle, sin nada. El miedo a perderlo todo. El miedo a que la catarata de acontecimientos lo empujase al abismo, definitivamente. El miedo a los miedos alimentados en años de penurias. El miedo al futuro, a todos los futuros: al inmediato, al de largo plazo. Nunca el miedo a la muerte, que sería una especie de liberación.

Las pesadillas se sucedían. Se veía empujando un carrito por las calles. Durmiendo bajo un puente, entre cartones. El “A Night So Still” de los Tindersticks sería un mal sueño, porque no habría encontrado la paz, sino la claudicación total. Equivocarse en la apuesta y comprobar que ya era demasiado tarde y que los hechos lo empujaban al abismo. Que ya no existieran los contraluces, porque el brillo ya se había perdido y sólo quedaba una sombra. Agachar la cabeza y recibir los embates de la vida hasta el anhelado momento final.

Siete Vidas”, un rico vino blanco, le hizo gracia el nombre. Marcelo Ayúcar pensó si ya le quedaba alguna más que vivir. ¿Había gastado sus siete vidas? ¿Había apurado tanto la existencia que quizás no mereciese más? Preguntas sin respuesta, tantas oportunidades perdidas... Así que probó el primer sorbo y, luego, llegaron todos los demás. Se había comprado otra botella más, como si su intuición le hubiese conducido a hacerlo. Necesitaba esa anestesia. Una dulce anestesia que le obligase a mirarse dentro más allá de lo que pudiera ver en el espejo mientras caían sus lágrimas.

Debía levantarse. Y bailó al extraño ritmo de “Slippin´ Shoes” de los Tindersticks. Después llegó “Oh, My Lord” de Nick Cave & The Bad Seeds, mientras repetía en voz alta “Oh, I hate them all for what they went/ And done to you/ Oh My Lord, Oh My Lord”. Se sintió bien, al fin, gracias al efecto liberador del vino. ¿Podría dejar ya esas noches de insomnio intermitente? ¿Alcanzaría a olvidarse de ella, de todos los porqués, de todos los errores, de todos los reproches?


Jueves 14 de febrero

Botella 3: Señorío de Sarría, Denominación de Origen Navarra.


Había llegado el sueño liberador, ininterrumpido, por fin tras muchas semanas de tortura, despertándose en medio de la noche con los labios acartonados, envuelto en sudor.

Aún quería seguir permaneciendo aislado. Sólo intercambió unas palabras con la cajera del supermercado donde compró unas botellas de “Señorío de Sarría”, otro Navarra que le recordaba su estancia en Pamplona unos meses antes, justo tras su ruptura, con unos buenos amigos que trataron de ayudarle, sin mucho éxito, a olvidar. El corcho rojo le despertó buenas sensaciones. El día soleado y hasta caluroso le empujaba al cambio, que debía pasar por el olvido. Ya no quería acompasar el ritmo de sus lágrimas con el batir de las gotas de lluvia en alguna de las claraboyas de su casa. ¿Cuánto tiempo podría permanecer allí? Se acordó de cómo cayeron todas ellas durante meses, al escuchar canciones, al recordar momentos de éxtasis o de complicidad, al aparecerse en su mente imágenes de ciudades como París, Madrid, Bilbao, Ibiza, Alicante, Oviedo o Gijón, sin poder comprender el por qué y, lo peor de todo, sin poder evitarlo. Lloró, lloró y no sirvió de mucho. Nada se resolvió, nada avanzó hacia ningún otro sitio que un indeseado precipicio que volvía a amenazarlo.

Ella quiso cambiarlo, que fuera otro. Eso fue lo que sucedió. La botella se terminaba. Tiró el corcho a la basura y metió el vidrio en la bolsa verde de reciclaje. Él, que nunca exigió nada. Que nunca quiso transformarla, que aceptaba su forma de ser. Que la amaba incondicionalmente. Sin normas, ciegamente. Y, aunque ella quisiese darle espacio y complacerlo, al final, siempre deseaba transformarlo en alguien que no era él.

No, no era él.

Llegaba el final. Sí, de una vez por todas. El silencio que ahora los separaba era justo y necesario. Dar vueltas en círculos, como esos hamsters en esa torturadora rueda, eso es lo que quieren algunas personas. Y no, no es posible seguir siendo amigos cuando se ha amado tanto.

El vino, al fin, logró su liberador efecto. Suspiró una, dos, tres veces. Las lágrimas volvieron a brotar sin freno, pero el corazón se sintió redimido. Volvió a suspirar varias veces más.

Y, al final, se sintió completamente liberado. Bebió un trago profundo y tuvo la certeza de que, sí, esta vez sí, todo se había acabado y, al día siguiente, podría empezar de nuevo. Otra vez. De cero.


MANOLO D. ABAD ("De Vinos", Alternativas, marzo de 2019)