Deslices

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martes, 12 de enero de 2016

Un Mini amarillo con una rueda pinchada

 

Un Mini amarillo con una rueda pinchada”


De aquel 11 de septiembre de 1990 aún recuerdo las mariposas en el estómago que, tantas veces, revoloteaban libres antes de muchos conciertos. No se encontraba David Bowie en su mejor momento ni artístico ni comercial, enfrascado en un atolladero que atisbaba cambios pero que aún -a pesar de su camaleónico instinto- no adivinaba su rumbo final. Esa encrucijada donde se había manejado con la luz de los grandes alquimistas le había llevado a intuir un regreso del rock más acerado, aunque sus claves serían bien distintas a las que él creyó ver al fundar Tin Machine. Poco después llegarían nuevas voces desde Seattle (Nirvana, Screaming Trees), desde Boston (Pixies), en una claves muy distintas aunque con el rock como la esencia que él había querido recuperar en ese proyecto de hard rock.

La puesta en escena de aquella tarde en el Hipódromo de las Mestas fue sobria, quizás como contraste a la sofisticación de su anterior gira The Glass Spider Tour, donde había contado nada menos que con los eminentes Stranglers como invitados. Aquí, paradójicamente, vimos un canto a los 80, a los incomprendidos años de un Bowie que se había instalado en la cima de lo comercial para amortizar un ascenso donde había dejado la impronta de su maestría. A pesar de ello, comenzar con “Space Oditty” fue todo un guiño a lo dejado en los años setenta, marcados por la creatividad y el ritmo hiperactivo de la cocaína. De poco sirven drogas sin talento y el suyo exudaba allá donde su varita mágica quisiera alcanzar: ya fuera con Iggy Pop en el monumental “Lust for life” o en unos coros con Lou Reed en su imprescindible “Transformer”. 
 
Pero aquel veinteañero algo insolente esperaba más del Bowie oscuro, del que inspiró el afterpunk con “Berlín” y aquellos devaneos de infeccioso funk prototípico de los ochenta y que tan bien le habían sentado a su chequera, le dejaban con el aire contradictorio de quien se enfrenta a algo que no espera, de quien,a pesar de todo, es consciente de hallarse frente a una leyenda, uno de los grandes mitos, uno de los suyos por concepto y expresión.

Mi amigo Juan Pablo Alonso aparcó su Mini de color amarillo en los alrededores de un atestado Hipódromo que, entonces, me pareció el mejor de los lugares para albergar un macroconcierto (años después le tocaría el turno a R.E.M.). En estos tiempos de libros vendidos al peso, de números más que de intensidad, de peso más que de fuerza, el despliegue de un Bowie que se saltó el guión para tocar menos de lo planeado, hubiera parecido un insulto. Sin embargo, no fue así. Elegante, con las trazas del vampiro que tan bien había interpretado años antes en “El Ansia” -esa infravalorada película de Tony Scott- su figura aún permanece en las neblinas de aquella noche donde, antes de emprender camino de vuelta a Oviedo, tuvimos que cambiar la rueda pinchada del pequeño Mini. Al llegar a casa, abrí el disco de Bauhaus donde reactivaban “Ziggy Stardust” -uno de sus múltiples e indiscutibles clásicos- como homenaje del díscolo veinteañero post-punk que era. Había claudicado a una estrella, sí, que se había detenido, por unas horas, en Gijón, para espolvorear con su nebulosa sueños y ansias postadolescentes.

MANOLO D. ABAD
Publicado en el diario "El Comercio" el martes 12 de enero de 2016