Deslices

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domingo, 31 de enero de 2016

La insoportable fiebre festivalera


Vinilo Azul. -

La insoportable fiebre festivalera”


Abría el Primavera Sound hace unas fechas la nueva fiebre musical: la fiebre festivalera. Fiebre de macrofestivales cada día más extendidos y cada vez con una mayor masificación. También, añadiría, con una uniformidad extendiéndose como una capa de mediocridad alrededor. Uno gustaba de convocatorias como el “Intersecciones” que, durante años -gloriosos años- se desarrolló en diversos lugares de Asturias. Sin masificaciones y con una programación exquisita. Algún día habrá que efectuar un balance de todo aquello con nombres propios. El olfato de José Luis Cienfuegos permitió disfrutar de Dominique A, Gigolo Aunts, Soledad Brothers, Josele Santiago o Chucho, por citar sólo algunos de los que se detuvieron en Oviedo en unos años maravillosos para quien desease paladear y contagiarse de un buen menú musical. Cómodamente, sin masas maleducadas o en plena ebriedad.

Pero no, el modelo que se ha impuesto es el de quienes no acuden a un concierto el resto del año y gustan de dejarse ver en recintos amplios con carteles interminables culminados en su cima por una rutina tal que convierte a muchos en casi gemelos. En Asturias, el Gijón Sound Festival supone una buena alternativa a la masificación. Buscando un concepto más global que el de una maratón de conciertos, con otras actividades como en su día hiciera el añorado Oviedo Múltiple. Una alternativa quizás menos rentable, pero muchísimo más cómoda para el espectador. Claro que, si hablamos de comodidades y un entorno idílico, la gente de La Radio de cristal ha dado en el clave con el Prestoso Fest, la antítesis de una macroconvocatoria musical. Una vuelta a los orígenes, a aquellos primeros FIB -cuando no se llamaban FIB sino festival de Benicàssim- o al Serie B de Pradejón, bendita convocatoria riojana que tantos buenas formaciones nos permitió disfrutar como Yo La Tengo, Gallon Drunk o Luna, con un refinado olfato y en un entorno cómodo. 
 
Los nuevos tiempos son distintos. La música enlatada se ha convertido en la gratis mercancia (sí, triste, mercancia gratis) estrella de todos aquellos que se creen que los artistas son una especie de ser humano que ni come ni tiene derecho a vivir ni, por supuesto, a cobrar por su obra. Claro que, vista la última del ministro de Hacienda sobre los escritores jubilados que deben elegir entre su pensión o sus ingresos por su obra, uno ya da toda batalla por perdida. Y es que la falta de respeto total por la cultura no puede sino conducirnos al marasmo más absoluto. Y en esas estamos: encerrados en macrofestivales recreativos donde todo importa menos la música, con los derechos de autor por los suelos, sin cultura visible en los medios, convertida toda manifestación artística en un acto de supremo lujo y con la telebasura sin desaparecer de una vez. Envueltos en una insoportable fiebre hedonista con memoria de pez en un soñado paraíso con forma de macrofestival.

MANOLO D. ABAD