sábado, 3 de junio de 2017

El Pregón de las fiestas del Oviedo Antiguo


PREGÓN. -

Hola amigos y vecinos:

Es un gran honor para mí poder pregonar estas fiestas del Oviedo Antiguo.

He luchado por vivir aquí, en mi ciudad.

He pasado momentos muy duros, pero, al final, lo he conseguido.

Son muchos quienes han tenido que emigrar buscando una vida mejor lejos de aquí, como mi hermana (que está ahí abajo). Y todos sueñan con volver algún día. Porque vivir en Oviedo es algo inigualable.

Y entre los lugares mágicos de esta ciudad hay 2 que destacan por encima de todos: el Campo de San Francisco y el Oviedo Antiguo. Dentro de ellos, una atmósfera se apodera de ti, sea la hora que sea y con los más variopintos matices.

El Oviedo Antiguo Antiguo ha sido un escenario preeminente en mi vida: consumí sus noches y descubrí sus amaneceres, florecieron muchos amores, se forjaron grandes amistades, asistimos a grandes conciertos de grupos que hoy son leyenda, nos sorprendimos con muchas grandezas y nos hundimos viendo grandes miserias.

Todo en el Oviedo Antiguo rezuma vida real, esa vida que nos gusta vivir, la que nos separa de esos aburridos amargados que quieren convertir el mundo en un gran centro comercial y en una aburrida, muerta ciudad dormitorio.

Nos gusta la vida de la noche en el Oviedo Antiguo, aunque-como decía la vieja canción de Radio Futura- haya cosas en la noche que es mejor no ver. No ver cómo el botellón hunde a los hosteleros. No ver cómo la juventud, por ahorrarse unos miserables euros, prefiere perder el control en cualquier calle en vez de hablar en tertulia en cualquier bar al son de la música. Cómo prefieren no gastar dinero en cultura y dárselo a las plataformas de telefonía e internet, creyentes, probes, de que todo es gratis. Y ese gratis os conducirá a la ciudad fantasma, porque nadie querrá montar un bar si sólo lo queréis como meódromo. Y os quedaréis solos. Y, entonces, os quejaréis.

Porque sin música en vivo no hay vida. Sin comercio cercano, no hay vida. Porque sin el barrio, sólo hay una mentira virtual que no tiene nada que ver con levantarse por la mañana y cruzar un saludo con nuestro vecino más cercano.

Esos que desean volver a un siglo 18 de silencio con las comodidades del 21 deberían desaparecer, en beneficio y no molestar. Porque ni saben lo que es la vida ni desean saberlo ni jamás podrán saber lo que es, lo que supone vivir en sociedad.

Esos acostumbrados a imponer. Esos que con sus asociaciones opacas sólo aspiran a ser celebridades, a que les dediquen en la prensa local una página con foto para luego pavonearse por unas calles que no les merecen. Tenemos que recordarlos, aunque no nos guste hacerlo, porque representan lo peor del ser humano: la vanidad, la estupidez del burro que es burro no por su condición sino por su inquebrantable testarudez

Mi ciudad favorita -aparte de mi confeso amor por Oviedo- es Bilbao. Allí, en un inédito pacto todos los partidos se unieron para cambiar esa ciudad. La conocí a principios de los 90: llegabas a una calle que hacía las veces de estación de autobuses y, luego, si alguien te esperaba en el casco viejo -como era mi caso- atravesabas el barrio de putas como si tal cosa... Hoy lo han conseguido, con generosidad y compromiso. Aquí en Oviedo, viendo ciertas actitudes, va a resultar imposible.

Los conciertos, ¡ah, los conciertos! ¿qué decir de la vida del Antiguo sin sus pequeños-grandes conciertos? Sin el Chanel de Luis -ahora en la Gran Manzana- del Rubio-hoy en el Sol y Sombra- de Poti, sin el Monster, sin tantos y tantos lugares donde la música en directo ha sonado. Donde vimos a grupos como Death Cab For Cutie que hoy llenan estadios en un formato de 100 personas en La Calleja La Ciega. Donde se alcanzaron las casi 2000 actuaciones en La Antigua Estación y hoy siguen en La Salvaje, La Santa Sebe... La música en directo es vida para una ciudad, la convierte en algo distinto.

Creo en la libertad. Y también en el diálogo. En el respeto. En que las cosas, habladas y matizadas, pueden conducir a un buen lugar. La tolerancia. Todo se resume en una palabra para poder convivir: la tolerancia. Y el respeto. Y la educación. Creo que con esos pilares todo es posible. Avanzar. Crear y creer.

Pero si uno de los interlocutores está en unas manos obscenas, las de la gentrificación, las de intereses espúreos y oscuros, no iremos a ninguna parte. Gente formada en tiempos donde ni se debatía ni siquiera había democracia, pretenden imponernos un modelo fantasma sólo por extraños odios que quien sabe qué esconden.

Olvidémonos de esos. ¡Es tiempo de celebrar!

Como Tierno Galván dijo, con otro sinónimo: ¡Posiciónense!

¡Disfruten! ¡Con libertad y con respeto! ¡Celebremos!

¡Gracias!

MANOLO D. ABAD
Foto: PABLO LORENZANA