Deslices

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lunes, 25 de mayo de 2015

Prueba de nervios


Crónicas de Vestuario. –“Prueba de nervios”


Las emociones estaban desbordadas. No era, como alguien me apuntó, euforia sino ilusión. La ilusión recobrada ahora que se vislumbra la luz al final de un túnel muy oscuro, se escapaba por todos y cada uno de los poros de la ciudad, que había recobrado el brillo de sus tardes de gloria futbolera. Pero toda esa ilusión, esas emociones desbordadas se transmitieron al once azul que jugó demasiado agarrotado en muchos momentos. Hay mucho en juego y todos eran conscientes de ello.



Salió el Cádiz más asentado al partido, sabedor de que la espera y la contención son buenas armas para jugar fuera de casa, siempre que no te encierres en tu área. Lejos de ella jugaron durante mucho tiempo los amarillos, beneficiados por un Real Oviedo al que le quemaba el balón y que no conseguía desentrañar las claves con las que llegar a las inmediaciones de Aulestia.



No se aprovechaban las bandas, quizás el punto más débil de los andaluces y apenas existían combinaciones entre los dos laterales y los interiores. Héctor Font estaba demasiado perdido a pesar de ofrecerse, pero le faltaba la visión preclara de otras veces. Sólo Borja Valle parecía atinar en algunos momentos, pero apenas había colaboración y movimientos sin la pelota, atenazados por la responsabilidad y sin clarividencia en el juego. En ese juego de nervios y tensión se enredó el cuadro azul en una primera parte espesa, sin la velocidad con que nos deleitaron en muchos momentos de la temporada. Les bastó a los amarillos una jugada de tiralíneas para acertar con el gol de Jona, un premio excesivo a la vista de una oferta prudente y sin mucho brillo. Veteranos curtidos en mil batallas, aleccionados por otro perro viejo como su entrenador Claudio Barragán.


La prueba, pues, en este camino fue la de los nervios y le costó al Real Oviedo afrontarla. Sólo en el tramo final del segundo acto fue capaz de desprenderse de esa tensión que anulaba sus virtudes. Ayudó el desparpajo de Sergio García, que se marcó un sensacional lanzamiento que el cancerbero exoviedista pudo despejar para que el balón rebotase en el poste cuando las treinta mil almas gritaban el gol por toda la escuadra. No pudo ser, pero tenía que llegar. El deseo se convirtió en realidad con un soberbio cabezazo de Diego Cervero, cuando el conjunto azul –ya desmelenado, rápido y libre de las tenazas de nervios que le habían agobiado en casi todo el partido- lanzó la ofensiva final con toda su fuerza, con ese empuje que los hace letales. Parecía que un segundo tanto podía llegar, pero los gaditanos entraron en otra de las pruebas de nervios y jugaron con ella: la de las marrullerías, la de buscar que el rival se desquiciase. En esas batallas entró hasta el propio entrenador cadista para que el tiempo se consumiese sin que el balón pudiera aproximarse a su área. Faltó tiempo, pero quedan noventa y pico minutos de una guerra sin cuartel en Cádiz. Allí, en esa bahía que tantas batallas ha visto dilucidar en sus aguas, el Real Oviedo tendrá que asaltar su cielo. Un cielo que queremos todos que se tiña con el azul oviedista.

MANOLO D. ABAD
Reportaje fotográfico: J.L.G. FIERROS
Publicado en el diario "El Comercio" el lunes 25 de mayo de 2015