Deslices

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viernes, 4 de julio de 2014

El Mundial al revés


“El Mundial al revés”

Terminados los octavos de final, todo se resume en el eterno enfrentamiento América contra Europa. El rastro de aquella emergente África que a muchos les hizo soñar, se ha difuminado de los ocho elegidos para luchar por el título. Los octavos se desprendieron de sus últimos representantes, Nigeria y una combativa Argelia, dirigida con mano maestra por el bosnio Vahid Halilhodzic, que hizo temblar a la gran Alemania con un despliegue físico y táctico merecedor de más. Pero, al final, cuatro contra cuatro de los dos continentes que dominan el Mundial. Volvemos a la tradición, a las muchas tradiciones que llenan el Campeonato del Mundo, y el pronóstico habla de la victoria de un combinado americano. América para los equipos americanos; América, el territorio virgen para los europeos que jamás han vencido allí en toda la historia. “América, América”, cantaría con su voz portentosa Nino Bravo. ¡Ay!

Hasta estos cuartos de final hemos vivido el Mundial al revés: destacados porteros; equipos supuestamente superiores con clara dependencia de sus estrellas; combinados bisoños transformados en onces de gran empaque táctico; campeones del mundo en  una sorprendente caída libre, pura catástrofe; falsos nueves; apuradas victorias de las naciones supuestamente superiores; un mordisco salvaje e inexplicable; postes y largueros confabulados a favor de las selecciones supuestamente superiores; sorprendentes y magníficas prórrogas; la magia de los videomarcadores capaces de transformar el dolor del público en sonrisas al pajarito; sprays resuelve-problemas con las más díscolas barreras y muchos papeles cambiados entre los participantes.

Ahora, llegados a lo decisivo, la gran pregunta es: ¿se impondrá la tradición? Sí, esa que dicta que los grandes vencerán a toda costa a pesar de ser su fútbol, como en el caso de Brasil y Argentina, de lo peor que se ha visto entre los participantes y, más aún, entre los ocho elegidos. O hemos de confiar, de creer en que todo el aire fresco aportado por Colombia, Costa Rica o Bélgica se va a imponer al peso de la historia, al miedo escénico, a la inexperiencia. O que Europa volverá a sucumbir, en las botas de franceses o alemanes, ante la maldición de América para los equipos del viejo continente.

No nos gustaría que se diluyera ante el peso de las veinte participaciones en mundiales (¡todas!) y los cinco títulos de una mediocre Brasil –una de las peores de la historia-, una selección como la colombiana, que ha mostrado tanto bueno tras dieciséis años de ausencia. Ni que Costa Rica –en su cuarta presencia- perdiera sus encantos colectivos ante el empuje de los tres veces subcampeones Holanda. O que Bélgica reviviera ante Messi los fantasmas de su eliminación ante otra estrella como Maradona en aquel 2 a 0 (los dos del Pelusa) en semifinales de México 1986  En definitiva, que la terca tradición impusiera su ley en el tramo decisivo, como un hada caprichosa que olvida todo lo bueno mostrado por los nuevos invitados y lo poco que han dado los equipos supuestamente superiores.


MANOLO D. ABAD