Deslices

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sábado, 20 de diciembre de 2014

Los árboles de Navidad de Ana


Vetusta Blues. –
“Los árboles de Navidad de Ana”
Es lunes y acompaño a mi madre hasta el centro de la ciudad. Se trata de un día de muchas ocupaciones, aún más para una persona jubilada como ella. Al llegar a la altura de Ana, la eficaz conserje que se ocupa de tener a punto el edificio donde viven mis padres, con más de ochenta comuneros, nos señala el mostrador desnudo. “¿Han visto? Ha vuelto a desaparecer el árbol de Navidad, ¡ya es el tercero este año!”, nos dice con cierta resignación. No soy muy de adornos navideños, la verdad, ni la iluminación ni los belenes ni los árboles me entusiasman en demasía, menos aún las pistas de patinaje con sobrecostes respecto a otras ciudades -como ha sucedido con esa que han plantado en la plaza de Porlier- pero comprendo y valoro el que haya personas que deseen decorar su entorno de trabajo. Eso lo debería hacer algo más llevadero en estos tiempos más propios de Dickens que de esa era de bienestar tecnológico que tanto nos quieren vender.
Me quedo dándole vueltas al cobarde robo, pero me detengo al pensar que, más cerca, los vecinitos del 5º E que les han tocado este año a mis padres son aún más desaprensivos que los anónimos ladrones. Algunas noches me quedo en la casa de ellos y compruebo cómo soportan con estoicismo los golpes en el suelo –no sé si es que juegan a la peonza o algo así- los sonidos guturales propios de cavernícolas o los constantes portazos, todo ello en madrugadas ruidosas que suelen prolongarse hasta casi el alba. Imposible encontrar al casero, ni responde ni se le espera. A veces pienso si sus intenciones son parecidas a las de un personaje de una película cuyo título no recuerdo, que alquiló a unos tipos ruidosos con la intención de hartarles y hacerse con el piso de los martirizados vecinos. Lo llego a pensar en esas noches eternas en las que resulta complicado conciliar el sueño, aunque, poco a poco, uno ya se ha ido acostumbrando en esos días en que decide acompañar a sus progenitores en su domicilio. Es de suponer que la Nochevieja va a ser histórica, como la de hace tres años, con una veintena de bailongueros botando en el piso superior hasta que la Policía hizo acto de presencia muy al final. El escándalo se podía oír en toda la Losa. Vistos los antecedentes de este grupillo de desaprensivos, verdaderos individuos incívicos incapaces de cualquier atisbo de convivencia, esperamos una gorda, muy gorda.
Entro al supermercado a comprar algunas viandas. En la poblada cola, unos niños necesitan un campo de fútbol para desarrollar sus movimientos nerviosos, mientras la madre, sin excesivo énfasis, les reprende tibiamente. Por desgracia, tras ellos, un octogenario permanece inmóvil recibiendo, de cuando en cuando, algún que otro golpe de uno de los niños que permanece a lo suyo hasta que le agarro de la capucha y le espeto un “tranquilidad” que parece obrar el milagro de que deje en paz al hombre. “No te preocupes, fui boxeador, ya encajé muchos golpes”, me dice el anciano, tratando de esbozar una sonrisa. Como se repetía en el cortometraje “Ambition” de Hal Hartley, el mundo es un lugar peligroso e incierto, pero es verdad que muchos se empeñan en hacerlo aún peor. Llega la Navidad y Ana ya no ha comprado un cuarto árbol. Los desalmados, ladrones anónimos, resentidos y amargados se han salido, una vez más, con la suya.

MANOLO D. ABAD
Publicado en la edición papel del diario "El Comercio" el sábado 20 de diciembre de 2014