sábado, 25 de febrero de 2012

"Celebridad" en "Leyendas Urbanas"



CELEBRIDAD

Ahora sólo sobrevivíamos.

Él había coleccionado frases ingeniosas durante años. Gracias a todos esos subrayados sobre cientos de libros había logrado varios premios. Habían caído uno detrás de otro, consecutiva e implacablemente.

Era una celebridad.

Y entonces, ¿qué?

Entonces llegó el gran verano. La oportunidad de su vida. La que llevaba esperando, subrayado a subrayado, línea a línea. Líneas de lamentos y soledad. Entrevistas, artículos, fotos en el periódico, palmadas en la espalda… La sensación de vacío.

Toda la vida huyendo de ellos para, al final, tener que exhibirles la mejor de tus sonrisas. Los mismos gilipollas sabelotodo de la facultad hoy te abren sus despachos con la misma sonrisa estúpida de ganador, su traje de pingüino, la corbata más cara que el vendedor les ha podido endilgar y la eterna palmada en la espalda, junto con las palabras proféticas “sabía que algún día llegarías a lo más alto”. Si esto es lo más alto, ¿dónde está el fondo?

21 de junio. Su despacho está en lo más alto del edificio. Las mejores vistas. Enormes cristaleras nos conducen al corazón de la ciudad visto desde el piso 12.
“Habíamos pensado en ti para el suplemento de verano”, dijo sin más preámbulos el subdirector. Luego, prosiguió: Pocos pueden presumir de un currículum como el tuyo: dos novelas, dos premios. Además, me gusta cómo escribes (Esto sonó como si no le hubiera leído en su vida, como si en toda su baldía existencia no hubiera cogido un libro).

Una etiqueta, un precio.

Todo el mundo tiene un precio.

Pensó en sus padres: Pensó en el modesto apartamento donde había vivido toda su vida. Recordó la sentencia de aquella su primera gran novia, la primera que le hizo sentirse como un hombre, la primera de la que aprendió cómo era el sexo en realidad: “Nunca llegarás a nada” fue el epitafio de su relación.
El sudor se le enredaba entre los mechones desordenados de su flequillo. Sentía un nudo en la garganta. Se desaflojó el nudo de la corbata (era la tercera vez que se ponía una corbata, las otras dos habían sido en bodas) y se dispuso a escuchar la oferta.
-Tendrás una página para ti: miércoles y jueves. Dos meses. Trescientos euros por mes más gastos.

A Max Von Sydow se le apareció la muerte en « El Séptimo Sello”.
“Llevo mucho tiempo junto a ti”.

Pensó en el salario mínimo. Tantos años sin salario mínimo, sin paro y en paro. ¿Seiscientos?
-Seiscientos cada mes. Fue su contraoferta.
A su excompañero de clase le enrojeció el rostro, se le cambió la amable expresión de corderito amable. Trató de no oscurecerse, de que un rictus sombrío rompiese la armonía. Bueno, él hubiera dicho “el karma”. Este parecía un trato fácil y ahora iba a tener que tratarle como a los empleados de la casa, como al comité de empresa. Maldita negociación fácil. Maldita.
Regateó.
-Cuatrocientos.
Las sienes estaban empapadas de sudor. La camisa se le pegaba a la espalda como el mocho de una fregona. Un escalofrío le recorrió el cuerpo. Pensó en su padre. En las dos reconversiones que sufrió.
Entonces, se levantó.
-Me parece que aquí no hay nada de lo que hablar.
A punto de cruzar el umbral, con la corbata en la mano, acertó a escuchar.
-Espera, espera. Hablemos.
-¿De qué? No hay nada de qué hablar.
Ahora tenía las riendas.
O eso creía.
Puedes leer el resto del relato en http://www.escritoresdeasturias.es/escritores/A/manolo-d-abad/su-obra.html?ID=255&OFFSET=0