Un trozo de mi texto incluído en el libro "Palabra Fiera" de reciente aparición, ya a la venta.
"... La música te ayudará a ser libre. Elige. Déjate llevar por el rock. Disfruta, vive, baila, siente. Siente hasta lo más profundo. Que cada canción se grabe con cada uno de tus recuerdos.
El rock ha transformado mi vida, también la ha modelado hacia lo que ahora soy. Pero, cuando dejas de ser satélite, sólo así, encontrarás tu camino, el camino que te sugiere el rock en medio de ese cruce de caminos que es la existencia. El rock es mi vida, no un disfraz. Ni una moda. Ni una manera de ascender socialmente, como bien relataban Lagartija Nick en su canción "Tan raro, tan extraño, tan difícil", aquella estrofa inolvidable: "El mundo del rock es un trampolín para los mediocres". No es una forma de vestir. Ni el querer ser algo (o alguien). El rock es mi vida. Toda mi vida. La vida. Mis sentimientos, mi forma de ser y de sentir. ..."
Alerta Manolo D. Abad en este libro, que recoge buena parte de los artículos que publicó en el periódico asturiano "El Comercio" desde 2013 a 2018, contra los profetas del apocalipsis. Pero se refiere a los locales. Me temo que los universales se habrán venido arriba creyéndose sobrados de razones, porque redacto este prólogo cuando llevo semana y media de confinamiento por el coronavirus. Como Manolo, como usted (si esto lo llega a leer alguien, porque a saber si salimos de ésta) y como todo español viviente, en lucha contra el bicho asesino.
Los profetas locales a los que fustiga Manolo viven en Oviedo y para el autor de este libro deben ser una especie de bacterias que se colaron en la ciudad para destruirla, como el coronavirus, porque del amor que este hombre profesa por el lugar donde nació y quiere morir, según dice en uno de sus textos, dan cumplida muestra sus artículos. Es una pasión que él mismo confiesa que roza la sinrazón. Por quedarse en la capital asturiana confiesa que en ocasiones llegó "hasta extremos irracionales". "Adoro a mi ciudad por encima de todos sus defectos", señala en otro de los artículos.
Pero el idilio de Manolo con su ciudad no le tapa los ojos ni le frena los dedos ante el ordenador, porque su espíritu crítico con lo que pasa y no pasa en Oviedo, con lo que se hace y lo que se deshace, con su inmovilismo y su caciquismo local, lo vinculan a otros muchos cronistas inolvidables que tuvo la literaria Vetusta, desde Clarín, que la inmortalizó en "La Regenta", a otros periodistas más recientes, como Juan Cueto, Orlando o Manolo Avello.
El amor de Manolo D. Abad por Oviedo es totalmente correspondido. Eso lo sabemos bien quienes lo tratamos, porque es casi imposible no encontrarse con este hombre por la calle, en un bar del Oviedo Antiguo, en un concierto o en una exposición. ¿Hay alguien que no conozca o distinga a Manolo D. Abad en Oviedo? Siento decirte, querido, que en esto de la popularidad te pareces a Manolo el gitano, que debe ser el personaje que más cruelmente fustigaste en tus artículos.
Con su aire de genio despistado, su ropa nada convencional, su alopecia solo presentida bajo sus vistosos sombreros y siempre con una sonrisa inmaculada, Manolo es de los tipos que te alegra el día cuando aparece tras cualquier esquina. No recuerdo jamás haberlo visto de mal humor y eso que motivos para ello tuvo y tiene como todo el mundo, y como refleja la melancolía y la decepción vital que aparecen en algunos de los artículos.
Esa jovialidad y esa capacidad para relacionarse con los demás no excluye fobias y filias, como las de todo buen carbayón que se precie. Manolo colecciona incluso un buen puñado de enemigos íntimos que aparecen en estas páginas, aunque tiene la elegancia y la caballerosidad de no citarlos nunca por su nombre, excepto a Manolo el gitano, que yo recuerde.
Que no parezca por este retrato apresurado, en medio del apocalipsis, que Manolo está contagiado por el virus del localismo. Exactamente lo contrario. Es glocal , como denominaba Juan Cueto a los que desde su aldea estaban conectados al mundo, es decir, la vanguardia de la modernidad. Por esas páginas también desfilan Madrid, Bilbao, La Coruña, Granada, París o Londres, porque Manolo no sólo viaja a esas ciudades, sino porque conoce su cultura urbana, sus escritores, sus músicos, su historia... como ya quisieran la mayoría de sus habitantes.
Leyendo "Ojo Avizor" pude comprobar empíricamente algo sobre lo que discutimos mucho los que consumimos con fervor literatura, música o cine: ¿qué nos queda en la memoria de todo lo que leemos, oímos o vemos? Puedo dar fe tras acabar el libro que prácticamente nada. Creo que leí todos estos artículos cuando salieron publicados, porque debo de ser el último mohicano de la era postal del que habla en su canción Sergio Makaroff. Y sólo recordaba algunos, en especial los de fútbol, porque entre otras muchas aficiones comparto con Manolo el oviedismo, amor este en cambio nada correspondido, porque el Real Oviedo no nos da más que disgustos.
Releer esos artículos fue un placer. Y en mi biblioteca suma una excelente incorporación. Para conocer bien el Oviedo de principios del siglo XXI, a pie de calle y ojo avizor, este libro es imprescindible.
Viendo a mi querido Pablo Und Destruktion en formato "dos pablos" (el impagable Pibli), sentí una tremenda añoranza. En esa ovetense plaza de la Catedral, llena de sillas, evoqué otro concierto en la plaza del Paraguas con los mismos protagonistas. También recordé las actuaciones de tantos festivales de verano que, algunos, nos tomamos para descubrir tantas y tantas formaciones y que, últimamente, sólo eran la excusa para una especie de tránsito de la adolescencia a lo adulto; de experiencia, no de enriquecimiento musical como lo eran a mediados de los 90.
Estamos viviendo una terrible epidemia, que arrasa no sólo con la noche -ya depauperada por el siniestro botellón, esa mentira supuestamente democrática que no es sino la dictadura del cafre- sino con la forma de vida que trazó nuestra libertad durante décadas, una conquista que, a día de hoy, podemos afirmar que se ha ido directamente a la mierda.
Lo lamento por amigos resistentes como Melo (Soho), Salgado (Diario Roma), toda la plantilla de La Salvaje, del Paraguas, a Javi (Savoy), a Pipe (Mubarak), a la gijonesa Plaza, al ovetense Plaza (Juanjo), a gente que tanto ha aportado a mi vida y mi forma de ser.
Hoy añoro esos días. Y lamento mucho todo lo que nos está pasando.
MANOLO D. ABAD
Publicado en el número de agosto de 2020 de la revista "Red Sonora"
Sabemos -lo hemos aprendido a través de decepcionantes décadas- que, en este lugar, Asturias, de nuestros dolores, muchos no pueden ser profetas en su tierra. Olvidados, ninguneados, mientras se aplauden medianías que sólo saben sacar sus lustrosas plumas de pavo real para orgullo de la mediocridad general que debe ser preservada para que nadie ose lucir allende el Pajares.
Y en estas, nos encontramos con los supervivientes. Con los supervivientes de la mediocridad, de las plumas de pavo real, de los egocéntricos y sus satélites que se creen el centro del mundo, de todos los irrelevantes que marcan unas normas que -más allá del Pajares- sólo despiertan hilaridad.
Los Buges, como Feedbacks, son grupos olvidados que siguen ofreciendo un envidiable nivel en cada una de sus entregas. La última es el álbum "Rendez-vous", publicada antes del maldito confinamiento, con la contundencia, la fuerza rockera y sin concesiones marca de la casa. Una delicia para derribar cursilerías, ese mal que nos persigue con tanta persistencia como el bicho. Una barbaridad para reivindicar el rock con toda su fuerza, con el ensalmo de la electricidad, con la convicción de los supervivientes que ya están más allá de todo tiempo.
MANOLO D. ABAD
Publicado en el número de julio de 2020 de la revista "Red Sonora"
Hemos comprobado, en los días de confinamiento, la generosidad de la que son capaces los denostados artistas. ¿Qué han obtenido a cambio? No dinero, nunca dinero, jamás una remuneración mísera, que eso del artisteo es un hobby o vete a saber qué. La cultura en España, la falta de cultura. La triste y lamentable cultura que no es sino incultura que Goya reflejó en su obra "Lucha a garrotazos". Los artistas parecen un complemento de usar y tirar, de usar y maltratar. ¡Que la cultura es gratis, hombre! ¡Descárgate tal o cual plataforma y tendrás tal abanico de posibilidades que ni en tres vidas podrás disfrutarlo! ¡Descarga, todo gratis, todo gratis excepto el dinero que pagas a la telefónica -sí, uso ese término anticuado a propósito- que esos siguen engrosando sus cuentas!
Y, mientras, los derechos de autor siguen mancillados, ninguneados,... De las magníficas bibliotecas y discotecas que aún hoy podemos ver en algunos hogares, a esas casas con una siniestra caja negra. Y hasta que no exista un político que se ponga a la tarea de recuperar los derechos de los autores, continuaremos en otra forma de pandemia: la del gratis total.
MANOLO D. ABAD
Publicado en el número de junio de 2020 de la revista "Red Sonora
Entrevista con Roberto Pato en el programa de RPA "RPA Cuencas Mineras", a propósito del libro colectivo "Confinados", editado por la editorial Más Madera.
10:03 on a fast train
A trick of light crossing my eye
A skyward calling out your name
Calling out your name
Like the last of your fires, we shall burn into the night
Like a moth to the flame, I will turn back again
Oh, I´m coming home, calling out your name
All I´ve ever known
Distant call down the wire, distant train on the line
I´ll return to your side with the push and the pull on the tide
It´s all I´ve ever known, calling out your name
Oh, I´m coming home
Oh, I´m coming home
I´m coming home
10:03 on a fast train
Just the wrong side of town
You just don´t let go
Keep it going, keep it going
Seen the reason, the bitter pil you´re told
So tell me, why are we living this life we´re fitted to?
Oh, I´m gonna take you down
Back to the old fairgrounds, oh, yeah,
Oh, where many feels spin´ round
Hey,
Hey, now is this a sign?
I´m falling down deep with the carousels in your eyes
And the wheels turns´ round
Just when you think you´re safe and sound
Oh, change of the season, I´ve found a reason to stay
But I´ve been fallen so deep in a circle of trust we made
I´m gonna take you down, hey
Back to the old fairground, oooh, oooh, ooh,
Oooh, where many feels go round
Hey,
hm, hey, now is this the time?
I´m falling in deep with the carousels in your eyes
Carousels in your eyes
I´ve been kneeling... to a power up above
As the ceiling... crashes down on all my love
You´ve been singing... singing all the songs I gave
You´ve been digging... You´ve been digging me a grave
And it´s one for the money, and it´s two for the snow
And it´s me getting buried, and it´s you down below
Better the devil I thought I knew
I met the devil, the devil was you
I loved the devil, the devil in you
And the devils in who
I´ve been tasting, all the grapes in the vine
I´ve been wasting, I´ve been wasting all your time
You´ve been tasting, all the grapes in the vine
You´ve been wasting, you´ve been all my time
And it´s one for the money, and it´s two for the snow
And it´s me getting buried, and it´s you down below
Better the devil I thought I knew
I met the devil, the devil was you
I loved the devil, the devil in you
And the devils in who?
The devil in you
The devil in you
The devil in you
The devil in you
I´ve been drinking... I´ve been sinking raising toasts
I´ve been thinking... thinking how to raise the gosts
That keep haunting... keep on haunting from the deep
I´ve been walking... I´ve been walking in my sleep
A quienes hemos pasado por el pequeño trance de una foto de grupo de algo, siempre nos llama la atención cómo se distribuyen las piezas en la estampa. Están los que matan por ocupar el centro, el primer plano, resaltar con un fatuo fulgor por encima del resto. A codazos, como sea, en algo que casi podríamos traducir como una metáfora de su vida. Algo, incluso, enfermizo... Valga un instante así para definir mucho, para expresar algo que se repite con una pertinaz lógica: muchos de los que se pelean por el foco son satélites intrascendentes del meollo, que se cuece en los extremos que nunca ocuparán el centro de la cámara.
Ha venido la muerte, a la que tanto cantó sin ambages Ernesto González, a acabar con él, y a transmitir un dolor profundo, sincero, entre aquellos que tuvimos la suerte de tratarlo; de compartir su sabiduría, expresada sin las alharacas de esos atribulados que creen poseer el don de un conocimiento sólo petulante y pendiente del qué dirán; de comprobar su buen talante, su bonhomía (sin la ingenuidad que atribuye al adjetivo la RAE), de su temple para lidiar hasta en las situaciones más difíciles, para que muchos descubran a una figura esencial, alejada de los focos, pero fundamental para unos años que ya no volverán. Ahora que la etiqueta para los ingenuos, quienes no se enteran de nada -los mismos que creen que Sabina o El Gran Wyoming son paradigmas de la "movida madrileña"- es un "indie-pop" que no deja de ser un trasunto del "pop-rock" que se impuso como etiqueta para los millonarios contratos de los municipios en la postmovida a mediados de los 80; ahora nos llega la muerte de una persona (me niego a considerarlo "personaje", disculpen mi puntillosidad) sin que, probablemente, unos sueños que se hicieron realidad durante unos años maravillosos no hubieran podido realizarse: Ernesto González.
No voy a glosar su música, a Pribata Idaho y a Grupo Salvaje, bandas fundamentales, también ocultas en el marasmo del indie-alternativo (me niego a la etiqueta "indie-pop", que, ya que se la han apropiado tantos mediocres, con su pan se la coman), y que deben ser escuchadas con el paladar dispuesto a disfrutar con la necesaria calma que nunca parece llegar en ese trajín de novedades, que, a mediados de los 90 era plena turbulencia de sensaciones inmediatas que nos hacían perder el foco en propuestas necesitadas de ese trago reposado.
1997. F.I.B. No he conseguido plaza de hotel, pero tengo mi acreditación. ¡Ah, la acreditación! Ese casi trofeo que se portaba al cuello con orgullo -ya llegaría luego el PS para las vergonzantes que se escondían en un bolsillo del pantalón o la ignominiosa tarjetita que no distinguía entre "público" y "currante"- en aquellos momentos. Sin nada más que los billetes de ida de tren, me embarqué a la aventura. Esas cosas que haces cuando tienes menos de 30 años. Y una amiga como Ana Espina, que, de aquella, ya trabajaba en la compañía Sony. Gracias a ella pude sobrevivir con un mínimo de dignidad en ese fin de semana brutal. Iba yo con mi bolsón negro marca "Prince" sin saber qué haría con aquello y ella me ofreció la habitación que compartía con su pareja Steve para que lo dejase allí. El hotel se llamaba Voramar. Un buen hospedaje, con una pequeña piscina y una mejor terraza donde nos tomamos unas birras antes de irnos a los conciertos. Ana me dio el número de la habitación para que, durante la mañana, accediese allí, a cambiarme y ducharme. Ella trabajaba desde muy temprana hora y tenía a mi disposición entrar y resolver esos aspectos fundamentales. Ocurrió que ya el primer día, tras dormir en la playa (en buena compañía, no lo negaré), me dio por llegar temprano al hotel. Siete u ocho de la mañana. Los empleados del hotel ya me conocían y debían pensar que era un huésped. De esa forma, conseguí unos buenos desayunos, que también me sirvieron como almuerzo, pues aproveché para llevarme muchas de las viandas que había a disposición de los clientes del lugar metidas en la indispensable mochila. Y allí estaba Ernesto. Con su desayuno, a diferencia del mío, nada opíparo, austero. Y ahí comenzamos a hablar, cada una de las mañanas del festival. De cada uno de los grupos, muchos de los cuales él había visto durante el invierno. Se interesaba -con sinceridad, no con ese interesado postureo que tanto se estila ahora- por mi opinión de aquello que había visto. Que solía ser una sesión desde las cuatro de la tarde hasta doce horas después. Me recomendaba algún grupo (le hice caso y salí ganando en la elección). Después, algo de priva, playa, unas pocas horas y al desayuno del hotel... Luego, ya saben todo lo que sucedió: la gota fría, el desastre... Llegué al hotel en medio de aquel horrible caos y conseguimos un par de taxis hasta Castellón en medio de la locura hasta, finalmente, subirme al primer Euromed con destino Cataluña.
Después llegó mi revista "Interferencias". Fueron buenos (y trabajados) tiempos. También estaban "Les Noticies" y, más tarde, "ElSúmmum". Más FIBs, más PS, más encuentros, hasta, por fin, poder contemplar a sus Pribata Idaho un 13 de mayo de 2000 en la Colegiata de San Juan Bautista de Gijón, dentro de los añorados "Intersecciones", junto a unos Migala que parecía querer más el público. Llegué al final de la prueba, hablamos -poco, por desgracia- pero siempre con la complicidad profunda que él sabía establecer. El concierto me maravilló, la impecable y cristalina versatilidad de esas guitarras psicodélicas y eléctricas, el sonido en su sitio, la banda marcando un nivel tan alto que dejaría a esos que rajan siempre del "indie" (recordemos la vacía ignorancia que recoge la etiqueta) con un palmo de narices. No voy a cantar las glorias de "Hope", pero sí, en el caso de que no hayan disfrutado este álbum, pedirles que le den un par de escuchas sin prisa, como se apura ese brandy Napoleón de reserva.
Tras el también imprescindible "Spain is pain" llegó un nuevo proyecto: Grupo Salvaje. Desde la primera canción de su primer álbum me atraparon, algo que continuaría con sus dos trabajos posteriores. Me resulta difícil transmitir la emoción al verlos tocar "The Survivor" en el PS, ese rock crepuscular que muy pocos han sabido expresar y, mucho menos, con ese calado, ese gran calado.
La vida me puso a prueba y me dejó en un arroyo donde no tenía nada donde asirme (excepto mi madre). Había un FIB con Nick Cave & The Bad Seeds y debía estar, aunque ya le hubiera visto en vivo una lluviosa noche londinense en octubre de 1993. Le llamé y fui franco con él: no puedo acreditarme, a día de hoy, por ningún medio. Me contestó que no importaba, que lo arreglaríamos, pero que tenía esa acreditación guardada, fuera cual fuese el medio, o aunque no hubiera medio. Finalmente, con las buenas artes de Ramón Lluís Bande, fui con "Les Noticies" de logo en mi cartón.
Pasaron los años y llegué al puesto de asesor y programador musical de RTPA, la autonómica de mi tierra, donde tanto Pribata como el Grupo sonaron constantemente. Paradojas de la vida, fue un momento en que apenas hablamos. Pero sonaron, y sonaron. A pesar de algunos que se empeñaron en complicarme la vida, sonaron. Como otros muchos. Al final, vencieron los ignorantes y, con la excusa de los recortes, me quedé fuera. ¡Y retomamos el contacto! Había empezado una columna en el suplemento de cultura del diario "El Comercio", titulada "El Tocadiscos" y un día me sorprendí hablando con él. Me envió dos joyas, dos enormes joyas, que dijo me encantarían. Y así fue, porque a Ernesto no le podía esa inmediatez de colocarte a toda costa una novedad, sino que sabía cuáles eran las que estaban hechas para tu gusto, las que sabrías apreciar para escribir un texto a la altura. Fabrizio Cammarata y Valparaíso (los franceses, no el proyecto de Juan Codorniú). Dos grandes joyas que aún hoy suenan con frecuencia en mi casa.
Discúlpenme, me he ido algo del tema central: Ernesto González. Las anécdotas, algunas vivencias, nos muestran algo de su persona. Pero hemos de quedarnos con algo más que las anécdotas y esos momentos compartidos. Hemos de saber discernir el valor de alguien que construyó, con un trabajo silencioso, oculto, un entramado del que luego otros sacarían más partido. Alguien cuyo amor por el rock emociona a quienes sentimos ese mismo latido. Alguien que no saldrá en portada, pero sin el que no sería posible que muchos hubiesen ocupado portadas. Y, además, alguien que dejó una cosecha musical tan grande como su humanidad. Esa que, ahora, en este amanecer frío (casi como una canción de Grupo Salvaje), uno echa tanto de menos.