En marzo de 2019, aún bajo la etiqueta editorial "Alternativas", previa a la denominación actual de Más Madera Editorial, se publicó el libro colectivo "De Vinos", bajo el abrigo de la Denominación de Origen del Vino de Cangas.
Me quedé muy satisfecho de mi aportación a este trabajo con mi relato "Tres botellas para el fin de un amor", que gustó también a los responsables de la Denominación y lo eligieron para incluir en la referencia al libro de su página web.
Aquí os lo dejo:
TRES BOTELLAS PARA EL FIN DE
UN AMOR
Sábado,
9 de febrero.
Botella
1: Viña Ardanche, Denominación de Origen Navarra.
Se
contempló en el espejo. No solía hacerlo más que cuando se
afeitaba, pero, esta vez, sus ojos se hundieron en el fondo de la
estampa que tenía frente a él: la suya. Se acordó de la película
de Jean-Pierre Melville “Le Samuraï”, de la escena en que Alain
Delon (Jeff Costello) se arregla las heridas frente a su reflejo. Le
gustaba más el título de “El Silencio de un Hombre”, con la que
se la conocía en España. Eso era lo que le quedaba ahora: silencio.
Un silencio sólo roto por la música. Escogió un disco de los
Tindersticks. Sonaba “Medicine”. Abrió una botella de vino de
Navarra. Un “Viña Ardanche”, uno de esos baratos pero resultones
con los que asumir la soledad que se empeñaba en abrumarle.
Era
difícil elevarse sobre las cenizas. Marcelo Ayúcar quería escapar,
olvidarse del amor de su vida, pero le costaba tanto que ya estaba
pagando un precio demasiado grande. A veces, la abulia; a veces, la
desesperación de ver que no había la posibilidad de solucionar el
dolor de su corazón. Pero, por más que lo intentaba, no lo
conseguía. Aquello se había insertado en su corazón como un chip
maligno que le impedía empezar de nuevo. Eso era lo único que
necesitaba: empezar de nuevo. Porque todo se había ido viniendo
abajo, como un castillo de naipes, peor aún, como un juego de fichas
de dominó que caían, una tras otra, como una rítmica voraz que le
conducía al abismo más profundo, a un naufragio concatenado en que
cada una de las fichas contribuía a hundirlo más. Amor, trabajo, la
salud, aún con tenues marcas pero implacable en su desarrollo. Era
la ruina total de una tribulación absurda que había comenzado con
su ruptura amorosa.
Ahora
sólo medía los tiempos que le quedaban, como en una contrarreloj a
la inversa. ¿Cuántos meses podría durar en esa situación? Estaba
harto de que el sentimiento del amor perdido le persiguiese de esa
manera. Sólo quería olvidarla, olvidarla al fin y que sobre esas
cenizas pudiera reconstruirse. Que la maldición de aquel malogrado
amor se acabase. Que la maldición de aquella segunda oportunidad,
vivida veinte años después, desapareciese. Que su vida arrancara de
nuevo. No morir en esa atonía. En ese aislamiento, donde ocultarse
de todo lo que le hacía percibir el fracaso a su alrededor que se
cebaba, con inquina, en cada uno de los aspectos de su existencia.
A
nadie le importa demasiado nada de los demás. Y él tampoco
pretendía que no fuera así. Por eso, se encerraba en su casa. Con
su música, con una botella de vino, tratando de olvidar. Tenía
miedo de que su corazón roto se perdiera, como antaño, en la
profundidad más oscura de la noche. Que, roto en mil pedazos,
volviese a caer de nuevo en todo aquello que ya había conseguido
dejar atrás cuando la vida le permitió resucitar por primera vez
confrontando a todos sus fantasmas.
Sin
embargo, cuando la botella se terminó, volvió a hacer de tripas
corazón y se sumergió en medio del bullicio de una noche de sábado.
Una noche que ya sólo era silencio para él.
Martes,
12 de febrero.
Botella
2: Siete Vidas, Denominación de Origen Vino de Cangas.
El
miedo al miedo era el que presidía todo. El miedo a acabar en la
calle, sin nada. El miedo a perderlo todo. El miedo a que la catarata
de acontecimientos lo empujase al abismo, definitivamente. El miedo a
los miedos alimentados en años de penurias. El miedo al futuro, a
todos los futuros: al inmediato, al de largo plazo. Nunca el miedo a
la muerte, que sería una especie de liberación.
Las
pesadillas se sucedían. Se veía empujando un carrito por las
calles. Durmiendo bajo un puente, entre cartones. El “A Night So
Still” de los Tindersticks sería un mal sueño, porque no habría
encontrado la paz, sino la claudicación total. Equivocarse en la
apuesta y comprobar que ya era demasiado tarde y que los hechos lo
empujaban al abismo. Que ya no existieran los contraluces, porque el
brillo ya se había perdido y sólo quedaba una sombra. Agachar la
cabeza y recibir los embates de la vida hasta el anhelado momento
final.
“Siete
Vidas”, un rico vino blanco, le hizo gracia el nombre. Marcelo
Ayúcar pensó si ya le quedaba alguna más que vivir. ¿Había
gastado sus siete vidas? ¿Había apurado tanto la existencia que
quizás no mereciese más? Preguntas sin respuesta, tantas
oportunidades perdidas... Así que probó el primer sorbo y, luego,
llegaron todos los demás. Se había comprado otra botella más, como
si su intuición le hubiese conducido a hacerlo. Necesitaba esa
anestesia. Una dulce anestesia que le obligase a mirarse dentro más
allá de lo que pudiera ver en el espejo mientras caían sus
lágrimas.
Debía
levantarse. Y bailó al extraño ritmo de “Slippin´ Shoes” de
los Tindersticks. Después llegó “Oh, My Lord” de Nick Cave &
The Bad Seeds, mientras repetía en voz alta “Oh,
I hate them all for what they went/ And done to you/ Oh My Lord, Oh
My Lord”. Se
sintió bien, al fin, gracias al efecto liberador del vino. ¿Podría
dejar ya esas noches de insomnio intermitente? ¿Alcanzaría a
olvidarse de ella, de todos los porqués, de todos los errores, de
todos los reproches?
Jueves
14 de febrero
Botella
3: Señorío de Sarría, Denominación de Origen Navarra.
Había
llegado el sueño liberador, ininterrumpido, por fin tras muchas
semanas de tortura, despertándose en medio de la noche con los
labios acartonados, envuelto en sudor.
Aún
quería seguir permaneciendo aislado. Sólo intercambió unas
palabras con la cajera del supermercado donde compró unas botellas
de “Señorío de Sarría”, otro Navarra que le recordaba su
estancia en Pamplona unos meses antes, justo tras su ruptura, con
unos buenos amigos que trataron de ayudarle, sin mucho éxito, a
olvidar. El corcho rojo le despertó buenas sensaciones. El día
soleado y hasta caluroso le empujaba al cambio, que debía pasar por
el olvido. Ya no quería acompasar el ritmo de sus lágrimas con el
batir de las gotas de lluvia en alguna de las claraboyas de su casa.
¿Cuánto tiempo podría permanecer allí? Se acordó de cómo
cayeron todas ellas durante meses, al escuchar canciones, al recordar
momentos de éxtasis o de complicidad, al aparecerse en su mente
imágenes de ciudades como París, Madrid, Bilbao, Ibiza, Alicante,
Oviedo o Gijón, sin poder comprender el por qué y, lo peor de todo,
sin poder evitarlo. Lloró, lloró y no sirvió de mucho. Nada se
resolvió, nada avanzó hacia ningún otro sitio que un indeseado
precipicio que volvía a amenazarlo.
Ella
quiso cambiarlo, que fuera otro. Eso fue lo que sucedió. La botella
se terminaba. Tiró el corcho a la basura y metió el vidrio en la
bolsa verde de reciclaje. Él, que nunca exigió nada. Que nunca
quiso transformarla, que aceptaba su forma de ser. Que la amaba
incondicionalmente. Sin normas, ciegamente. Y, aunque ella quisiese
darle espacio y complacerlo, al final, siempre deseaba transformarlo
en alguien que no era él.
No,
no era él.
Llegaba
el final. Sí, de una vez por todas. El silencio que ahora los
separaba era justo y necesario. Dar vueltas en círculos, como esos
hamsters en esa torturadora rueda, eso es lo que quieren algunas
personas. Y no, no es posible seguir siendo amigos cuando se ha amado
tanto.
El
vino, al fin, logró su liberador efecto. Suspiró una, dos, tres
veces. Las lágrimas volvieron a brotar sin freno, pero el corazón
se sintió redimido. Volvió a suspirar varias veces más.
Y,
al final, se sintió completamente liberado. Bebió un trago profundo
y tuvo la certeza de que, sí, esta vez sí, todo se había acabado
y, al día siguiente, podría empezar de nuevo. Otra vez. De cero.
MANOLO
D. ABAD ("De Vinos", Alternativas, marzo de 2019)