UN DÍA DESPUÉS DEL ANIVERSARIO DE LA MUERTE DE HEMINGWAY
Ayer, jueves 2 de julio de 2026, fue uno de esos días donde el tiempo se escapa en medio de la trepidación, de un continuo devenir de actos, movido por un viento racheado entre las emergencias, las decisiones e indecisiones, la satisfacción de ciertos reflejos públicos de la propia creación e instantes en apariencia intrascendentes (la carretera, una terraza, un partido de fútbol -o dos- del Mundial, unas canciones que abren la espita -como tantas otras veces- de recuerdos y de sensaciones). En toda esa coctelera de texturas, ¿quién tiene tiempo para recordar una efeméride? No yo, poco dado a ellas.
El 2 de julio, ayer, se cumplían 65 años de la muerte de Ernest Hemingway sin que quien les escribe se enterase. A estas alturas del partido, uno tiene unas pocas fechas marcadas a fuego en la memoria y el resto las deja (¡aaay!) en manos de las nuevas tecnologías o de algún giro de azar que las muestre. Recuerdo en la redacción de RPA -la radio autonómica asturiana- en el Convento de las Clarisas, en el tiempo en que compartí aquella sala como asesor (ahora lo llaman "ambientador") y programador de RTPA a una compañera -quizás alguna más- siempre pendiente de las efemérides para darlas a conocer a su audiencia.
A la muerte de mi madre, un 27 de enero de 2021 (esta fecha sí que está marcada a fuego en mi memoria), llegó un tiempo de profunda oscuridad, que, poco a poco -de forma lenta, pero inexorable- ha ido transcurriendo a un nuevo espacio, que tiene su propia palabra à la mode: "liminal".
Entre las incontables acciones a realizar tras un deceso así, una fue la de la revisión y organización de la biblioteca de mi madre. Ese proceso de recolocar libros y objetos diversos para permitir espacio a... más libros, cds, vinilos, dvds y demás, que iban acumulándose con cuentagotas por los suelos y las estancias de la casa, trajo consigo muchas decisiones para que el caos no se hiciese fuerte en medio de la tribulación
Fueron muchos los sorprendentes descubrimientos en materia bibliográfica que me tenían guardado esas estanterías a reorganizar.
Si bien había muchas autoras y muchos autores de los cuales conocía la devoción de mi madre, otros de sus gustos me llamaron la atención sobremanera. Ya sabía de nombres como Rosa Chacel, Santa Teresa de Jesús, José Saramago, Eça de Queiroz, Júlio Dinis, San Agustín, Julio Cortázar o Juan Marsé entre sus predilectos; otros, compartidos, como Soledad Puértolas, Paul Auster, Patricia Highsmith, Miguel Delibes, Antonio Muñoz Molina; o clásicos como Lorca o Quevedo.
Pero entre los nombres con los que no contaba como favoritos de mi madre me llamó especialmente la atención la presencia de Ernest Hemingway. Curiosamente, coincidió este descubrimiento con un interés personal mío en el autor, que permanecía en un borroso recuerdo de alguna lectura de mi adolescencia y que no iba más allá. La casualidad, ¿la causalidad? me ha permitido abrir una ventana crucial en este momento donde camino desde la oscuridad más profunda hacia un incierto destino que intuyo algo más luminoso.
MANOLO D. ABAD















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