lunes, 30 de diciembre de 2019
Elogio de la solidez
martes, 24 de diciembre de 2019
Lauren García escribe sobre "Ahora que ya somos solo silencio"
Tenía una asignatura pendiente con la literatura: la poesía. Y con "Ahora que ya somos silencio" ha cumplido ese pacto, tan caprichoso como inabordable. Lo ha hecho cuando los poetas sienten ese destierro que empuja a los vértices de la escritura: el del desarraigo.
Parte irrenunciable de la educación sentimental de nuestro escritor son un diafragma de canciones, elegidas con tiento de selecto discjockey y que soportan la estructura de este libro. Poemas y canciones enlazando con la franqueza. Un hábitat musical que envuelve todas las propiedades de un resistente, la banda sonora suprema de la supervivencia.
Cada canción aborda un estado de ánimo que se aventura por sus notas, una comunión de la que el poeta saca partido para acompasar a la soledad, para continuar de pie el camino. Consigue en esa dualidad que nos sintamos cómodos ante la desventura, mientras nos enseña el desgajo de la brecha.
En estos poemas, el mismo discurso que entabla un diálogo con las pérdidas, acentúa las preguntas, la hermosura flagrante de un flash fugitivo. Un poemario que, más que ser de temática amorosa al uso, es confesional con el desarraigo, del que hablábamos antes, y sus consabidos baches, con una puesta de mirada donde termina el horizonte. Manolo habla en primera persona, pero con un "yo" que se desdobla, nada acaparador, consciente de que la poesía es saber desnudarse, todo un escritor errante con la compañía de la lluvia. Estamos continuamente pagando nuestra deuda con el sentimiento, maldiciendo la suerte, elevando la voz como un timbre telefónico. El "tú" es el destinatario de "Ahora que ya somos solo silencio", que flota en las páginas, una carta encomiable, alzada sobre el olvido que es un mensaje de amor azorado, sin esperar, en primera instancia, la respuesta como propósito inminente.
Aquí reside el poder de la palabra que se alza cuando perdemos a nuestro interlocutor y se difumina en las rendijas del alma, la evocación continua de estos poemas pertrechando la herida. El viaje de la vida, que no conoce el regreso, nos invita a tiznar la melancolía.
Las lágrimas, que caen como una lluvia de rosas, de las que habla Manolo D. Abad, son el veraz testimonio que asombra en este libro y que el kector recogerá: asentir y disentir del silencio.
LAUREN GARCÍA
viernes, 20 de diciembre de 2019
7 Maneras de ver el negro
A partir de la obra de Oliver Montesinos, siete escritores ofrecimos nuestra visión. Aquí os dejo la mía.
MÁS NEGRO QUE CUALQUIER TRISTEZA
Vuelves a caer en el pozo oscuro de tu mente. Un sueño peligroso del que no puedes salir. Un viaje donde no encuentras el camino de vuelta. Otro cruce de caminos más. Frente a ti, una extraña figura, como una sirena, parece llamarte, al principio de uno de los tres senderos a elegir. Esa sonrisa no abre ninguna puerta ni esperanza, porque ya no hay sirenas, sólo figuras inalcanzables o prohibidas. Se ríe de ti, como ese inacabable túnel por el que vuelves a caminar a tientas tras haber elegido la ruta más lejana y pedregosa. Al final, no hay luz sino la tenue oscuridad que parece devorar un incipiente amanecer que esboza algo parecido a un atisbo de cambio. Pero sólo es una migaja de misericordia de quien contempla tu triste estampa embutido en ropajes oscuros. La realidad se empeña en engañarte mientras se burla de ti, con los colores arco iris de un nuevo día para que todos puedan celebrar excepto tú. Condenado a decaer lentamente, observas cómo una mariposa apura su último vuelo, tratando de alcanzar la mayor altura de su corta vida de fulgor. Y, entonces, despiertas. Un día más.
MANOLO D. ABAD
jueves, 19 de diciembre de 2019
Ovidio Parades escribe sobre "Ahora que ya somos solo silencio"
Empezaré
por el principio, que es por donde siempre hay que empezar. El
principio de esta historia comienza en mi estudio, de madrugada, hace
unas pocas semanas. Manolo Abad estaba a punto de publicar este libro "Ahora que ya somos solo silencio", su primer libro de poesía, y aquella misma
mañana me había enviado los poemas para conocer mi opinión. Le
agradecí el detalle porque aprecio a Manolo y porque él sabe que no
he perdido un ápice de esa inquietud lectora que a casi todas las
personas que escribimos nos atrapó siendo muy jóvenes. Pero esto,
como sabéis o podéis imaginar, también es un arma de doble filo y
una responsabilidad. Sobre todo, si el libro en cuestión no te
gusta. Tengo que decir que partía de una buena base: me gustan los
libros que Manolo ha escrito hasta la fecha, sus textos
periodísticos, esas colaboraciones en diferentes medios que llevo
leyendo desde hace años. Me gusta también su manera de entender y
posicionarse en el mundo, no importa que sea en un papel de periódico
o revista, en un libro o en una red social. Esa manera de hablar
claro y escribir con la pasión de quien tiene algo que contar y lo
va a contar caiga quien caiga y aunque se derrumbe el mundo, que,
viendo lo visto, cualquier día de estos se derrumbará al fin y nos
pillará, estoy seguro, escribiendo. O protestando contra alguna de
esas injusticias que nunca faltan, que también puede ser.
Pero
vayamos a lo que hoy nos ocupa, los poemas. Leí aquella madrugada
este puñado de poemas y sentí de inmediato lo que siempre espero de
un buen poemario. Nudo en la garganta. Inquietud. Temblor. Cierto
desasosiego. Todas esas sensaciones que llevan implícitas las
miserias y las grandezas de las que somos capaces los seres humanos.
Cuando respiramos, cuando reflexionamos, cuando tomamos una decisión,
cuando amamos. Manolo había escrito sobre el amor. Hay muchas clases
de amor, ya lo sabemos. El amor que te eleva, que te machaca, que te
deja sin palabras, que te hace aullar por una calle desierta o
repleta de gente, por una playa, por un acantilado, por un bosque. El
amor después del amor. El desamor. El amor sin vuelta atrás. El
amor erosionado, devastado, agotado. Todo ese vacío. El amor
enredado en la música, como no podía ser de otra forma viniendo de
un autor que tanto ha disfrutado con ella, que tanto ha escrito sobre
ella. De esa clase de amor trataban aquellos poemas. Estos poemas,
desgarrados y brillantes, atravesados por una música interior que da
sentido al sinsentido de la derrota. También trataban del silencio,
como apunta el magnífico título, en el que se convierte a veces el
amor. De ese silencio sobrecogedor, “cercano a la muerte”, por
utilizar una expresión de Marguerite Duras, que tanto habló del
amor y a la que tanto seguimos queriendo. De ese silencio que,
después del amor, de agotar todas sus posibilidades, vueltas y más
vueltas, transforma a sus protagonistas en seres casi
fantasmagóricos. Dos amantes que, ya por separado, como en el final
de una película o una balada triste, se pierden en la niebla, en la
oscuridad, en lo más denso del bosque, en lo más profundo del
silencio. Dos amantes que se quedan, ya para siempre, a la
intemperie. Con sus reproches, con sus cicatrices, con sus tiras y
aflojas, con sus recuerdos. Con todo ese bagaje emocional.
Y
sin embargo, pese a ese frío que corta en cada poema, queda
reflejada la experiencia vivida de esos dos amantes, que pudimos ser
usted y yo, que podemos ser usted y yo. Y queda la sonrisa, esa
sonrisa que ni el miedo ni el dolor ni la pérdida borrará de
nuestros labios. “Sonreír”, escribe Manolo, “a tantos adioses/
a tantos silencios/ a todo el vacío”.
Queda
un poemario fabuloso que os animo a leer. El poemario de un hombre
que sabe de qué va todo esto. Y, aún con rasguños y libre de
ataduras, nos los muestra con estremecimiento y desnudez.
OVIDIO PARADES
domingo, 15 de diciembre de 2019
Magia eléctrica sensorial
Crítica. Música. -
“Magia
eléctrica sensorial”
miércoles, 11 de diciembre de 2019
martes, 3 de diciembre de 2019
"Miedos", hoy en Oviedo
Hoy, en Oviedo, se presenta el libro colectivo "Miedos" en la Librería Cervantes a las 19:00 h. Intervienen: Gema Fernández, Jose Yebra, Josefina Velasco y Manolo D. Abad.

















