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miércoles, 7 de diciembre de 2022

El Fracasón

 



"EL FRACASÓN"

El burro es burro no porque sea tonto -como pueden llegar a pensar muchos- sino por su tenacidad en seguir erre que erre con lo suyo, con esa idea fija y permanente a la que se agarra para no dar su brazo a torcer. El burro podrá acabar deslomándose por un precipicio aunque haya quien tire de él en dirección contraria para intentar salvarlo. El burro es burro por su insana testarudez que lleva a gala, con un orgullo que, la mayoría de las veces, no es más que la soberbia de aquel en quien anida algún tipo de complejo oculto, guardado con vergüenza y que se desata como el eco de una explosión atómica cuando llegan las dificultades y los problemas. Ante eso, esperen siempre una coz, o varias coces, en el momento más inesperado, a traición y donde más duele. Quizás un mordisco, quien sabe.





El burro es burro porque no sabe administrar problemas, porque tiene mala reacción cuando le sacan de su placidez, o cuando se pierde en un pequeño sendero de una alta montaña. El burro se detiene y se empeña en no dar el paso atrás que la razón solicita. El burro es burro porque prefiere caer por el precipicio antes de reconocer que, quizás, haya podido equivocarse.

"La verdadera humildad no es pensar menos en uno mismo; es pensar menos en ti mismo"
(C.S.Lewis).

El ególatra jamás se equivoca. Ni aunque los hechos le muestren lo contrario. Siempre habrá una excusa a la que agarrarse: que si la culpa de todo la tiene Yoko Ono, que si me odian por ser el estandarte del Barça o por ser de Gijón, que si la caverna (¿o el caverné?) mediática me tiene manía y en su punto de mira... el ególatra -henchido de sí mismo- siempre tendrá un argumento, por disparatado que pueda parecer, al que asirse y continuar con la cabeza alta, mentón elevado, su camino de supuestos éxitos, su lógica del triunfo.


El seleccionador Martínez García pertenece a ese grupo de egocéntricos iluminados a la busca de su personal Eldorado. Como un nuevo y alucinado Lope de Aguirre. Para ello, necesita un grupo de fieles ovejas que sigan sus instrucciones, por disparatadas que puedan parecer, y que lo acompañen hasta allá donde sus fantasías y delirios más ocultos lo lleven: o sea, a un neomanierismo del tiki-taca con casi mil pases (el tiki-nada), la mayoría en un tedioso -por lento e inútil- tránsito horizontal que aburre a todos menos a su ejército de corderitos y a su claque que lo valora como emblema del Barça o de su ciudad natal, como un general que conduce con mano firme a su tropa de ovejitas al apocalipsis final. El apocalipsis llega en forma de récord en la tanda de penalties y el iluminado seleccionador Martínez García sonríe como Nerón cuando incendió Roma: observando, satisfecho, cómo todo se destruye gracias a su gran capacidad aniquiladora.


En Gijón, la ciudad natal del seleccionador Martínez, hay muchos lugares que terminan en "-ón": el Molinón, la Escalerona, la Iglesiona... de ahí que "El Fracasón" me parezca el título más adecuado para definir este triste trayecto mundialista de su mano.


Vi el partido con lo que me queda de familia cercana: mi hermana, mi cuñado y mi sobriahijado. Tras el primer penalty fallado, mi sobriahijado hizo amago de irse. Se quedó -mirando por el rabillo del ojo- cómo se consumaba el desastre antes de ir a encerrarse a su habitación después de golpear las paredes y ser reprendido por su madre. Tiene quince años y traté de decirle que yo, con su edad, ya había tenido oportunidad de haberme comido dos fracasos: el de Argentina´78 y el de España´82. Incluso, cuando, con seis años, me aficioné a esta pasión por los Mundiales de fútbol donde ni siquiera participamos (Alemania´74) y me puse del lado de Holanda, perdón, Países Bajos. Que tenía cuarenta y dos cuando pude ver ganar el título (y celebrarlo como merecía) a una generación compacta, de paisanos -como decimos en Asturias-, no de ovejitas dirigidas por un ególatra insensato y autocomplaciente. Que a él aún le queda tiempo para poder vivir eso y que, quizás, vistas las manos en las que estamos y el nulo carácter de unos jugadores reducidos a balar en torno a un déspota iluminado, es más que probable que yo no pueda volver a vivir. Me fui, con prisa, porque arrancaba el partido de mi equipo -el Real Oviedo- frente al que, supuestamente, es el mejor conjunto de la Segunda División -la U.D. Las Palmas- y pude congraciarme, de nuevo, con el fútbol al ver cómo jugaban los míos, los de azul, esos que nos han acostumbrado a sufrir y a saber perder y ganar, como bien cantó otro oviedista de pro como mi querido Pablo Moro.

MANOLO D. ABAD





lunes, 21 de noviembre de 2022

Diario de un mundial de fútbol en otoño (1)

 

DIARIO DE UN MUNDIAL DE FÚTBOL EN OTOÑO (1)





"DE BOICOTS Y DE PERSONAL LIBERTAD DE ELECCIÓN"

Es la tentación de imponer, algo que se ha incrementado con la proliferación de las redes sociales, lo que ha inspirado el boicot al Mundial de fútbol que se celebra en estas extrañas fechas de otoño y que ha condicionado el desarrollo de todas las temporadas de todas las ligas regulares del mundo. Viene alguien y promueve un boicot, como, por ejemplo, a este Mundial de fútbol, exponiendo unos argumentos pueriles que se caen por su propio peso ante cualquier análisis mínimamente riguroso.

Aviso a navegantes: si alguien cree que profeso la más remota simpatía hacia el régimen que gobierna con mano dura desde una teocracia infame a Catar, se equivoca de lugar. Aún sin saber -no se caracterizan por su transparencia las dictaduras- las cifras de muertos en la construcción de los estadios de este Mundial, sí conocemos que tanto las condiciones de esclavitud de los trabajadores como todo lo demás produce náuseas. De ahí a proponer como solución y/o protesta no ver los partidos discurre ese espacio rayano en la demagogia más infantil. Porque los mismos que se rasgan las vestiduras exigiendo un boicot, ¿son conscientes de que ese país es un productor clave de gas -ahora que comienza el frío- y de derivados del petróleo, eso que permite que funcionen automóviles, aviones y barcos? Son servicios necesarios, exponen. Con lo cual, problema resuelto: como "servicio esencial" se traga uno la indignación. Muy bonito.
Cosa seria es que el régimen catarí haya sido uno de los promotores del terrorismo islamista y muchas otras basuras diversas que tanto daño han hecho a la civilización occidental. Los del boicot ni se acuerdan, seguro. El mundo hoy es así, ya lo cantó John Lee Hooker, a quien hace unos pocos años el genial músico australiano Hugo Race -con la inestimable compañía del genial armonicista italiano Michelangelo Russo- le dedicó todo un álbum de homenaje donde se podía escuchar esta canción.




 
Pero, no, la culpa es del fútbol, siempre del fútbol. Ese, supuestamente, servicio innecesario. Y, ¿quién lo dice? En esta "sociedad solitaria", ¿es tan malo ilusionarse con el fútbol, con un Mundial? ¿No sería un "servicio esencial" para quien encuentre esa ilusión o para alguien que esté bajo los efectos de la depresión? Hay muchos más ejemplos, pero es que a mí me encanta el fútbol. ¿Qué pasa? Y el cine. ¿Qué pasa? Y la literatura. ¿Qué pasa? Y el rock. ¿Qué pasa? Y el baloncesto. ¿Qué pasa? Y el ciclismo. ¿Qué pasa? 
De las condiciones infrahumanas y de esclavismo en las minas de litio en África, nada se dice. De las consiguientes guerras entre tribus de un supuesto país que no es tal, tampoco. De esas mismas guerras, con mutilaciones infantiles y carne de cañón en forma de niños armados en primera fila hasta los dientes, tampoco. También se olvidan de esas mujeres y niñas valerosas que desean aprender en esas latitudes y son secuestradas y violadas por salvajes que las desean ignorantes y esclavas. Podríamos continuar con las injusticias de este mundo y, para los partidarios del boicot al Mundial, encontraríamos un mismo culpable: el fútbol. Porque, cuando hubo los Juegos Olímpicos en Beijing, todo era precioso, ¿no?


¿Mi forma de protesta? Acompañar -mientras veo todos y cada uno de los partidos- de productos prohibidos por el régimen catarí mi dieta: chorizo, lomo, jamón, chuleta de cerdo, cerveza y vino. Ya está. Nadie me va a imponer que ejerza mi libertad, de modo que yo elijo ver los partidos de fútbol, lo que no supone que admita nada de ese régimen teocrático asqueroso.
Nada les diré de la ceremonia de inauguración, tostón insoportable y prescindible en el que aproveché para prepararme el almuerzo mientras sonaba el "Religion" de P.I.L. entre otros muchos grupos.
Y, bueno, vamos al fútbol, aunque poco hay que decir. Ecuador desnudó a Catar con una salida digna de enmarcar. Un primer gol anulado fue el preámbulo de unos veinte minutos arrolladores que cayeron como una tormenta de juego que se plasmó en dos tantos que le dieron a los sudamericanos la suficiente tranquilidad como para no despeinarse en el resto del encuentro ante la inoperante impotencia de los anfitriones, una selección de un nivel ínfimo que deambuló por el terreno de juego al tiempo que sus aficionados abandonaban -ya en el descanso- sus localidades en un episodio pocas veces visto en un Mundial. Comienza, pues, a perderse lastre y ya creemos que un combinado tiene todas las papeletas para hacer las maletas. Lo que nos ahorramos con el hecho de que sean los anfitriones. Y, hoy, lunes, sesión triple que comienza con un "set" (6 a 2) de la tapada Inglaterra frente a Irán. Pero, de ese, y del resto del menú, hablaremos en el segundo capítulo de este diario.

MANOLO D. ABAD