Entre las
dos aguas de un país tan lleno de contrastes, Paco de Lucía encarna uno de esos
faros sobre los que se labra la identidad cultural de España. Talento
autodidacta, en esa tradición individualista, solitaria, introvertida, que se
cría en la sombras de la piel de toro, el andaluz trazó una senda musical que
llegó mucho más allá del flamenco, donde fue maestro esencial tanto en
solitario como en su celebrada asociación con el arte salvaje de Camarón de la
Isla. Pero ese territorio se quedó pequeño, en un ansia de viajar a nuevas
sensaciones que encontró una confluencia con el jazz de la mano de sus duelos
con otro esencial, el prodigioso John McLaughlin. Si Enrique Morente era un mar
donde desembocaban las músicas en el filo, Paco de Lucía fue un torrente en el
que el duende dibujó un paisaje digno de ser visitado una y otra vez, para
descubrir un nuevo color en cada encuentro.
Y como en
tantos otros prodigios, su carácter abierto y humilde. Un hombre que hallaba el
camino de su expresión personal, de su mundo, en las notas de la guitarra.
Cuando se recuerda al hombre amable, parco en palabras, no puedo si no pensar
en uno de mis ídolos guitarreros del rock: Tom Verlaine. Casi autista en su
comunicación con el resto del mundo, cada segundo sobre su guitarra es capaz de
expresar todo lo que se acumula en ese complejo trayecto que discurre entre el
corazón y el cerebro. A veces, lo que trasluce bajo nuestros actos, en nuestras
relaciones con el resto del mundo no logra la traducción que se esconde en lo
más profundo del alma, en los latidos que realmente nos mueven. “La pureza es hacer lo que sientes, no lo
que está establecido”, dijo, en una de esas sentencias que proceden del
interior más escondido. Y en ese misterio se vive y se encuentra una
comunicación íntima cuando se escuchan sus pálpitos traducidos en música que es
mucho más que arte, en el rincón oculto bajo el que se esconde la verdad de
cada alma.
MANOLO D.
ABAD
Publicado en la edición papel del diario "El Comercio" el jueves 27 de febrero de 2014