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miércoles, 15 de julio de 2026

Hoy, un relato: "La química entre nosotros (The chemistry between us by Suede)


 Foto: ALBERTO CEÁN

LA QUÍMICA ENTRE NOSOTROS
(The quemistry between us, by Suede)

Todo tiene su momento y su oportunidad. Esa es la historia de la vida, de mi vida, de tu vida. De todas y cada una de las vidas. Llegar en el momento justo o hacerlo en el equivocado. En esa disonancia es donde no hay remedio: puedes vislumbrarlo o que las circunstancias te lleven a ello. Cuando llamé a aquella mujer que tanto me gustaba y que me parecía increíble que yo pudiese atraerla, supe que los tiempos se habían dislocado irremediablemente. Después de muchos años de busca en el desierto, de una vida llevada tan al límite que había convivido con el suicidio, lento, poderoso, por fin había visto una luz que me llevara un punto de tranquilidad que relajara el camino al abismo, que lo evitara –aunque fuera en un momentáneo oasis sine die-. Pero no era ella, ni su brillante vida de ejecutiva y de lujo.

Ella,envuelta en un modelo que absorbía suspiros a cada metro de nuestro camino, se encontraba en la huida de quien sabe qué. Sobre la supervivencia está el status de la vivencia pasada, por mucha crisis que haya habido; ella debía mantenerse sobre la crisis, obviarlo todo, sobrevivir también. Ella era una de la más hermosas ejecutivas del país… ¡qué podía esperar yo, más que admirar su belleza y permanecer impasible ante su turbulencia como un caballero! Y otro hubiera aprovechado el momento para sacar ese dudoso partido momentáneo donde crees atrapar un cuerpazo como el suyo. Yo no era así, nunca lo había sido. Conseguir un momento es como ganar un partido de liga, no el campeonato. No me importaba ser honesto, la conciencia vale más que un triunfo sólo visible en la estantería de un descerebrado, siempre hay que ganar el campeonato: tenerla ronroneando en tu pecho todos los días que puedas, no una efímera noche de pasión, esas que quedaron borradas en las locuras del Campus de Humanidades y de ese Xixón Sound que tantos quieren negar. Eso sólo se consigue desde otro planteamiento. No desde el cazador ocasional que atrapa una presa efímera sino desde quien ni es cazador ni quien piensa en una mujer como una presa, sino como la compañera. Pero ella se marchaba y tú no querías irte porque por fin habías conseguido asentarte. Y ese era el hielo: tú no querías bajo ningún concepto hacerla renunciar al futuro que llevaba labrándose desde hacía mucho, ni tú renunciar a la luz al final del túnel que tras mucho tiempo de vida al límite atisbabas.

En su Honda Civic os dijisteis adiós sin casi rozaros, quizás por miedo a que surgiera esa duda que, bajo la luna llena, llevara a replantearlo todo. La vida, después, siguió su camino, como en una canción del grupo que nos apasionaba a ambos: The Verve. Quizás fuera “Sonnet”, quizás “Love is noise”, quizás “Numbness”, quizás “Rather be”, pero, no me preguntéis por qué -¿o sí?- he titulado este relato “The chemistry between us”, como una canción de Suede. Quizás, seguro que sí, porque aún espero que se deje de ejecutivos agresivos y me encuentre, esperándola en una “Bittersweet symphony”. Ya, ya sé: “See you in the next one (have a good time)”, ésa es. Lo tuvimos, lo dejamos escapar: ¿aún queda una última oportunidad?

MANOLO D. ABAD


martes, 29 de noviembre de 2022

Wilko Johnson, Oviedo, 5 a.m.

 


WILKO JOHNSON, OVIEDO, 5 a.m.

22 de junio de 1989, en La Real, en Oviedo. Ya nos estábamos acostumbrando a ver conciertazos internacionales allí, a escribir de ellos en la revista "Ruta 66", a disfrutar del tiempo y del momento. Es ese instante de la juventud en que hay que atraparla, porque si no, la estarás persiguiendo con desesperación cuando ya sea demasiado tarde. ¿El coste? ¿Quién con 21 años puede pensar en los costes y en la supervivencia?

Tenía el disco de Wilko Johnson "Barbed wire blues" en mi plato desde hacía semanas y no paraba de sonar a toda potencia en mi pequeña habitación de la ovetense calle San Bernabé, hasta que se supo la noticia -entonces no corrían con tanta agilidad como ahora- de que la leyenda guitarrera pararía en mi ciudad. Si hay dos guitarristas que me marcaron en esto del rock, uno de ellos era Wilko Johnson. El otro Tom Verlaine. Esos riffs, esa manera de sostener el ritmo, eléctrica e incisiva, además de esa puesta en escena  tan suya dirigiendo su SG al público como si de una ametralladora se tratase, ra-ta-tá, el efecto era demoledor. A mi hermana le había regalado uno de sus novios un vhs con un concierto de Dr. Feelgood grabado de la tele inglesa donde estaba realmente impresionante. A los Feelgood había podido verlos en el mismo escenario unos meses antes, un 6 de abril de 1989, con nada menos que "Gypie" Mayo a la guitarra, lo que también eran palabras mayores y, por supuesto, con un eminente Lee Brilleaux al frente, quien volvería a abarrotar el recinto de la calle Cervantes un 15 de febrero de 1990 ya sin Gypie. Recuerdo haber bajado a camerinos -estaban situados en el garaje de la edificación- para charlar con Lee, animado por mi amiga Ana Espina y tomarnos unas cervezas a las que el británico nos invitó y responder a mi pregunta de "¿dónde crees que estará Gypie?" con una carcajada: y un "emborrachándose en algún pub hasta no tenerse en pie".


Lo de un concierto a las una de la mañana parecía un poco raro. Pero mis meses de junio siempre lo habían sido: amores, algunas (pocas, muy pocas) peleas, encuentros desagradables, amores nocturnos truncados, rupturas amorosas también demoledoras, mal tiempo para dedicárselo al estudio y sí para ir a un concierto tras otro... Tiempos diferentes de épocas vividas con la mayor de las intensidades.
Una de la mañana... ¡uuuf! Apuramos todo lo que pudimos en la cafetería de enfrente -el legendario Los Peces- jugando a la máquina de marcianitos mientras trasegábamos un par de cubatas de ron añejo con Coca-Cola hasta el momento del cierre. Ya no nos quedaba otra que entrar en la sala y cambiar a cervezas. 
A la una, sólo se veía el back-line de la banda, pero no el aparataje de equipo de voces y demás. Las dimensiones de La Real eran grandes, capacidad para más de mil personas, lo que hacía que si se juntaban entre doscientas o cuatrocientas -una buena entrada para una ciudad como Oviedo- pareciese medio vacía. Aquella noche no creo que se superaran las doscientas. 
Unas cuantas, muchas, cervezas después, el dinero comenzaba a escasear. De hecho, se acababa. Eran ya las cuatro de la mañana y el concierto no empezaba. Sin móviles ni ningún otro medio de comunicación parecido, sólo sabíamos que no se iba a suspender, que la banda estaba en los camerinos y que sólo faltaba que llegara el equipo, que estaba siendo utilizado en las fiestas mierenses de San Juan para un concierto de Ilegales. ¡Ay, ay, ay!


Y, si no me falla la memoria, la gente de Musical Marcos con el inmenso Andrés al frente, lo montó todo en un pis pas. Arrancó Wilko con su trío donde Norman Watt-Roy se alineaba con su bajo de ritmo puro para desgranar el magnífico "Barbed wire blues" y algunos clásico feeelgodianos para regocijo de los que, como yo, ya habíamos rellenado nuestros vasos con agua de los servicios... Al salir, ya amanecía en la ciudad. Pensé que no me encontraría con mi madre, que seguramente ya se habría ido a trabajar a la radio, RNE en Asturias, que entonces tenía una apretada programación. O no, que habría apurado para verme llegar como hacía siempre... la no-excusa, de tan absurda, iba a ser totalmente creíble.

Mucho tiempo después, un 29 de enero de 2016 en el Centro Niemeyer de Avilés, volvíamos a encontrarlo en concierto. Había superado un cáncer de páncreas y venía con el aval de un gran disco donde Roger Daltrey lo respaldaba. Béznar Arias -uno de esos promotores de esta Asturias de mis dolores por los que vale la pena seguir metido en este mundillo- apostó por traérselo, en lo que fue, sin duda, una jornada para el recuerdo. Por desgracia, perdió dinero, pues las cuatrocientas y pico personas que pasaron por caja no fueron suficientes para amortizar la inversión. "Son los peajes del rock que uno debe pagar, callar y continuar", me comentaba hace unos días Béznar en un guasap. Y no puedo estar más de acuerdo, cada uno a su manera, los hemos pagado y aceptamos el precio porque no hay otra. Siempre nos quedan los recuerdos de tanta música y de tanta vida, que otros/as sólo cuentan desde referencias alejadas de todo eso, con tono cursi de universitario prepotente y nada vivido.

MANOLO D. ABAD

Wilko Johnson murió un 21 de noviembre de 2022 a los 75 años







lunes, 30 de noviembre de 2020

The Charlie Parker Tour´89


 THE CHARLIE PARKER TOUR´89 (Parte I)

Tal día como hoy un 30 de noviembre, pero de 1989 (¡hace ya 31 años!) iniciaba una de las aventuras más estimulantes de mi vida: iba a acompañar como roadie a The Amateurs en una gira de doce días por toda la Península. Ya había estado con ellos on the road otras veces, en viajes de fines de semana, como el 8 de octubre de 1988 en la sala KGB de León o uno muy divertido donde recalamos primero en la sala Was de Burgos un 28 de septiembre de 1989, llegando luego a Barcelona en la que hicimos doblete de viernes y sábado (29 y 30) en la legendaria sala Communiqué, con un encuentro -digno de ser contado en otra ocasión- en un área de servicio de Zaragoza con Los Suaves, que nos invitaron a asistir a la grabación de su directo en la sala Zeleste.

Pero, aquello, casi dos semanas en la carretera era algo único, digno de ser vivido como un aprendizaje no sólo para la existencia propia sino para entender un aspecto del rock que muchos han sido incapaces de conocer. Uno, que ya se había decantado por la escritura -tímidamente aún, es cierto- sabía que las experiencias que podían acumularse en aquellas casi dos semanas iban a ser de las que rara vez olvidaría. Cinco tipos metidos en una furgoneta de alquiler Ford Transit, repleta de amplificadores y maletas, circulando por todo tipo de carreteras, desde Bilbao hasta Cáceres, experimentando los claroscuros del rock con toda su nitidez y crudeza era un regalo que la vida me ofrecía. Aunque aquello fue duro, muy duro y bastante alejado de los clichés del rock´n´roll way of life, visto con la distancia de treinta y un años bien puedo decir que mereció la pena ser vivido.

The Amateurs acababan de publicar unos meses antes "Los clubs han cerrado", un álbum decepcionante en cuanto al sonido y las condiciones de grabación, por no hablar de los problemas con la discográfica asturiana con la que lo editaron. Cuanto enfilamos carretera hacia Bilbao -pocas autopistas había entonces, claro- las relaciones con su compañía ya estaban rotas y el cuarteto comenzaba a pensar en opciones fuera de Asturias. Meses después surgiría la gran oportunidad con una disquera madrileña que estaba sacando propuestas muy interesantes y que les daría la ansiada proyección estatal, conscientes de que los exiguos muros dentro de los límites del Principado era demasiado pequeños para sus intenciones. Esa es otra historia, claro, que se repetiría muchas veces después, pero en la que ellos, en esos tiempos de la postmovida, se adelantaron a los tiempos. No había clase media: los grandes grupos de la movida se habían convertido en máquinas de hacer dinero en grandes superficies, pagados por ayuntamientos y autonomías de todo pelaje; y los emergentes, debían lidiar en pequeños locales, la gran mayoría sin condiciones adecuadas y con una infraestructura tan famélica como el dinero a pagar. Con esas nos las íbamos a ver: locales de todo pelaje, dueños de salas de todo tipo y... previsiones que se iban al garete por inesperados problemas de última hora.

Afrontamos la carretera con ilusión y, aunque no éramos gente muy bromista, el arranque nos proporcionaba una sensación muy estimulante donde se mezclaban el deseo de vivir una aventura única y la incertidumbre de cómo podría desarrollarse.

MANOLO D. ABAD