CUARTO MENGUANTE
ECHO & THE BUNNYMEN
Playa de Poniente, Gijón/Xixón.
Viernes, 7 de agosto de 2026.
El jueves 6 de agosto de 2026 se iniciaba el tránsito de cuarto menguante de la Luna en Tauro. Al día siguiente, el 7 de agosto, en la Playa de Poniente de Gijón/Xixón, un eclipse total de Luna oscureció el concierto de Echo & The Bunnymen y de su cantante y líder absoluto Ian McCulloch.
Parafraseando una composición de Nacho Vegas en aquella colaboración con Enrique Bunbury -que también tuvo momentos ínfimos- cabría decir aquello de "Hay días en que valdría más no salir de la cama" y a Big Mc le sucedió algo parecido en la noche gijonesa. Uno recordó conciertos aciagos de artistas que le encantan -como aquella "exhibición" de Ian Brown en el Velódromo de Benicàssim al frente de los Stone Roses, en 1997, cuando ni siquiera se llamaba FIB-; o Evan Dando (The Lemonheads) en la gijonesa sala Acapulco en el FICX en noviembre de 2009, (consultar en este mismo blog https://manolodabad.blogspot.com/2009/11/en-el-fondo-de-la-montana-rusa.html) y que, precisamente por ello, duelen mucho más cuando se producen. Recuerdo hablar años después con Chris Brokaw -a quien le tocó el papelón de estirar su labor como telonero del líder de Lemonheads aquella noche- en la entrada de La Salvaje, tomándonos una allí sentados, hablando de lo divino y de lo musical tras un concierto suyo, cómo no había olvidado lo que tuvo que padecer en aquel funesto directo. Terribles desastres en vivo para ser enterrados, pero que, lamentablemente, acaban por clavarse a doloroso fuego en el corazón y en la memoria.
Tras esa desconcertante ejecución, el espigado vocalista de Liverpool, regaló flores al público antes de tocar un pasable "Flowers" -única incursión en su cancionero del nuevo milenio que merece una reivindicación que ni el propio grupo le otorga- después un anoréxico y desconcertante "Over the wall", desprovisto del vigor y tensión con que lo había disfrutado en las otras cinco veces que había tenido la suerte de verlos en concierto (en especial una en Barcelona, en el Primavera Sound 2011, donde bordaban, íntegros, sus dos primeros álbumes, ataviados, además, de camuflaje como en los 80) y un lamentable "Seven seas", donde el cortocircuito de tonos de voz de McCulloch alcanzó límites denigrantes, con momentos de silencio para que el público corease tímidamente los vacíos del cantante de 1.90 m. de estatura. Ni las magníficas, excepcionales, contribuciones a la guitarra de un eminente y versátil Will Sergeant conseguían tapar el sumidero por donde se hundía la leyenda del post-punk.
"Rescue" vino después a hacer honor a su título, pero cuando atacaron "All my colours (Zimbo)" necesitada del esfuerzo del vigor de una voz incapaz de acertar con el tono preciso fue el momento de certificar que aquello no tenía remedio. Por mucho empeño que el gran Sergeant pusiera al asunto. Su maravilloso clásico "Nothing lasts forever" engarzado al no menos clásico de Lou Reed "Walk on the wild side" mostró la magnitud del naufragio. Ni se escuchaban los coros ni el famoso estribillo ni nada. Poco después, tras un pasable "Bellbugs and Ballyhoo", se repitió la desgracia al enlazar "Villiers terrace" con un irreconocible "Roadhouse blues" (The Doors), que haría levantarse de su tumba a Ray Manzarek, el legendario teclista de la mítica formación liderada por Jim Morrison- quien llegara a tocar con ellos y a producirles el cover "People are strange" que saldría en la BSO del film de 1987 "Jóvenes ocultos".
Ni el tramo final con el siempre emotivo "Bring on the dancing horses" o el celebrado por el público -atónitxs ante el desconcertante espectáculo sólo estuvimos algunxs- "The killing moon" ni el bis (tardó cuatro minutos la banda en volver a las tablas con McCulloch enfundado en un sombrero de mosquetero arrastrando su poco crédito para destrozar su leyenda) con "Lips like sugar" (se olvidó parte de la letra entre balbuceos) y un patético "Ocean rain", musitado en unos susurros mascullados, tal y como había sucedido durante muchos momentos del set, y donde sólo en el tramo final mostró su -en la triste noche gijonesa- irreconocible chorro de voz, evidenciaron el camino de una completa decepción en la escasa hora y media de concierto. Una dolorosísima, penosa desilusión.
MANOLO D. ABAD
Reportaje fotográfico: ALBERTO CEÁN-BERMÚDEZ
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