miércoles, 8 de febrero de 2017

Salas de conciertos


Vetusta Blues. -
Salas de conciertos”

Se estrenaba el pasado jueves 26 de enero en Oviedo una nueva sala de conciertos: Franel Rock. Allí acudimos, con la curiosidad y el entusiasmo de quien ve abrirse un nuevo espacio para la música en vivo en la ciudad. Acontecimientos así deben ser respaldados con nuestra presencia sincera y no a través del colmo del guayismo, que son las “asistencias” en redes sociales tipo facebook y similares, ese embustero botón que toca sobre el epígrafe “asistiré”. Esclavitudes de estos tiempos: si ves la lista de guays que prometieron acudir y se quedaron en casita, en su sofá, viendo la serie de moda o el partido de Copa en la tele, te llevarías una decepción muy grande; aunque conocerías y sabrías mucho de quién es quién, por qué escribe así u otros aspectos que hablan de su nadería. ¿Pose o personalidad?

Volvamos a las salas de conciertos. Que necesitan de un trabajo diario, exhaustivo, concienzudo, en el que pocas veces se permite el lujo de bajar la guardia. Requieren grandes dosis de constancia, otras tantas más de paciencia. Y, ahora, no hay mucha gente dispuesta a un trabajo -por lo demás, ingrato- de tal calado. En Oviedo llevamos unos años con dos salas como la Lata de Zinc y La Salvaje que han instaurado una programación ecléctica y atractiva para muy diversos públicos, tallada con tesón, un trabajo concienzudo, mucha mano izquierda y la necesaria cantidad de paciencia para enfrentarse a la adversidad de tropezones de público inesperados. Por eso, me llamó la atención lo de la Franel Rock. Por cierto, cuando en Gijón también se estrenaba otra sala de conciertos como La Subterránea, recuperando el espacio del mítico Savoy Club, nada menos que con los legendarios Fleshtones. Digo que me llamó la atención porque, en un acto de supina torpeza y gran prepotencia, se publicitaron por doquier como la “única” sala de conciertos. Ante las puyitas, trataron de arreglar la clamorosa metedura de pata, volviendo a vender una moto: la “única” sala de conciertos con licencia (sic) de sala de conciertos de Asturias. Ya saben aquello de “sostenella y no enmendalla”. Pues, vale.

Ceno en mi casa con mi querido amigo promotor Rafa y, tras degustar una estupenda tarta de queso, emprendemos ruta al Postigo Bajo. Ya han acabado las GPS y el Trío Calavera se dispone a tomar las tablas del local. Entrar y desinflarse es todo uno: en la sala cabrán -como mucho- 150 personas. Nos la habían vendido como “la” sala de conciertos y va a ser que no, que tiene menos aforo que la Lata de Zinc, mira tú por donde. Se agradece, sí, una tarima lo suficientemente alta y el sonido, pero, por lo demás, no se distingue de los otros dos locales de la ciudad con programación estable (y consolidada) de la ciudad. Es el peligro de vender a toda costa expectativas que, cuando llega la hora de la verdad, se difuminan como humo.

Bienvenidas sean todas estas iniciativas que contribuyen a enriquecer la vida nocturna y cultural de Oviedo. Si uno está encantado, más los músicos y aficionados a la música en vivo. Todo lo que sume, será bienvenido. Aunque ni sea la “única” ni, mucho menos, la esperada por quienes ansiamos una sala de medio aforo (300-500) para la ciudad. Larga vida a esta sala, aunque el trabajo (y los resultados) llegarán por medio del trabajo honrado y, sobre todo, constante. No por un marketing inflado e irreal.

MANOLO D. ABAD
Publicado en el diario "El Comercio" el 8 de febrero de 2017