miércoles, 4 de enero de 2017

Balances

 

Vetusta Blues. -

Balances”


Vivimos en los días de los balances, de los resúmenes de lo que ha sido el año. Es una nueva obsesión la que nos agarra: las fechas de la historia, de nuestras historias, de las historias de los demás. Recordar para extraer conclusiones: ¿año bueno? ¿año malo? ¿año regular?. Lo mismo que esas efemérides constantes en redes sociales e informátivos, de las que me confieso harto, pero que, cada vez más, condicionan la vida pública. Esto de los balances del año, de los corolarios y conclusiones me satura cada vez más.

Pararse a comprobar qué hemos dejado atrás en estos doce meses pasados me duele aún más hoy, pues mi año ha estado lleno de incidencias. Quizás debería definirlo como “el año de las averías”, ha habido muchas, demasiadas para no condicionarme. No sólo fueron hasta tres ordenadores estropeados, uno -de mesa- muerto definitivamente tras años de buen servicio y de haber sido resucitado por el “Mago” Valdés hace unos años. Los otros dos, dos portátiles que se quedaron sin un internet que parece irrecuperable. Consigo otro de mesa y se niega a funcionar. Y así estamos, usando el del trabajo que, hace unas semanas, también tuvo la ocurrencia de averiarse, con internet sumándose a la fiesta de mi fastidio. Mi móvil también me está diciendo adiós: ya no puedo escribir mensajes ni whatsapp, sólo usarlo para los menesteres de la era predigital. Para llamar y recibir llamadas, vamos. Y en estos días, de compras multitudinarias, no se me va a ocurrir desafiar una nueva cola. No. Habrá que esperar a enero. Lo pienso y creo que no debo quejarme: los destrozos podrían haber sido mayores.

Físicamente, tampoco es que me hayan ido muy bien las cosas. Cuento hasta dos meses tratándome con antibióticos por dolencias de diversa índole. Claro que, al contemplar el número de pastillas que ha de tomarse mi madre para no conseguir calmarse sus múltiples dolores, pienso que sí, que debo estar calladito.

Es como Oviedo, nuestra ciudad. Cuando uno ve las protestas extemporáneas de los destronados, resulta imposible no pensar en la vergonzosa herencia que han dejado. Claman por unos Premios Líricos, pero abandonaron otros que galardonaban a escritores sin ningún tipo de contemplación, a lo zorro, con todos bien calladitos. Hablan de una cultura, pero parece su propio cortijo cultural donde sólo existe un tipo de música que se lleva el presupuesto de la cultura, que también se nutre de otras disciplinas, como la literatura o el arte aunque ellos las hayan ninguneado. Nada de reconocer el desastre urbanístico que nos han dejado, ni las tremendas losas económicas sobre lugares como Villa Magdalena. Empeñados en hablarnos de los baches en algunas calles, cuando ellos empufaron al municipio de tal modo que hay que destinar una parte de león a pagar esas deudas. Con lo del “tripartito del caos” -ahora mutado en “tripartito de fanáticos”- dan carpetazo a aspectos fundamentales que tratan de tapar con estas cortinas de humo. Bla, bla, bla constante, pero silencio para explicar todos sus desmanes en veinticuatro años de rodillo inmisericorde.

Uno vuelve a su propio balance, al personal, al que habita en su corazón, que también ha estado bajo el influjo de averías o, más bien, de rupturas. Toca seguir adelante, sin pensar en más balances, sin volver la vista atrás. Aunque sé que ya, toda mi vida, odiaré Bolonia, a pesar de no haber estado nunca allí.

MANOLO D. ABAD
Publicado en el diario "El Comercio" el martes 27 de diciembre de 2016