Deslices

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jueves, 7 de abril de 2016

Esperas


Vetusta Blues. -
"Esperas"


Paseando por las calles vacías en la mañana de Domingo de Resurrección, uno se embriaga de la rotunda y silenciosa calma que habita en Oviedo. Es una calma de espera, que no de esperanza. Los asuntos de futuro en la ciudad aguardan, como lo han hecho durante demasiados años, a encontrar una vía de solución. Lugares vacíos que parecen escenarios de un relato de J.G.Ballard, que no volverán a ocuparse en mucho tiempo: los chalets de La Vega -acumulando hiedra tras unas vallas cada vez más herrumbrosas-; la plaza de toros, en la que escucho -como si de voces fantasmagóricas se tratase- los ecos de conciertos de Long Ryders, Los Locos o Pistones, en sus días de mayor gloria; el antiguo hospital y todas sus instalaciones aledañas, donde recuerdo estancias tristes y amistades desaparecidas.

La ciudad espera, en domingos como ese, en silencio, impertérrita, ajena a un corazón donde se cierne la amenaza de la podredumbre. Los ovetenses esperamos, con inquietud, casi con desesperación, que haya soluciones lo más pronto posible. Pero no, sabemos que sólo queda esperar. En estos tiempos de acuerdos imposibles, será muy difícil encontrar un arreglo que pide, cada vez más, urgencias. Todos parecen esperar. Los destronados, por ejemplo, a que haya unas nuevas elecciones para volver a una hegemonía de la que hicieron baldío uso durante veinticuatro años para olvidar. Esperan, quizás, a que el olvido borre las huellas de sus desastres, de su lamentable uso y abuso de poderes. El tripartito aguarda, una vez puestos de acuerdo -lo cual requiere también muchas esperas-, desbloquear situaciones para cada marrón que se encuentran nada más rascar un poco debajo de las alfombras. Los retos requieren muchas esperas, para redefinir y pensar nuevos usos, para planificar. Y los proyectos nuevos también requieren paciencia hasta que llegan a plasmarse.

Y así, Oviedo parece regresar a ese su ritmo pausado, que, dicho sea de paso, también forma parte de su encanto. Lo peor es cuando ese clima, esa atmósfera, contagia ciertas decisiones que tanto y tanto aguardaron a ser resueltas, como ese botellón que se está convirtiendo en una de las mayores pesadillas para la convivencia en la ciudad. Y no es éste un asunto baladí, pues la hostelería es uno de los puntos fuertes sobre los que se asienta la economía de la ciudad. Que no pueda disfrutarse en paz ni del ocio nocturno ni del descanso por culpa de unos -cada vez más y cada vez con un mayor peligro para su salud- alcohólicos de fin de semana y gratis-casi-total empieza a ser desesperante. Ante semejante problema social ya no caben más esperas.

MANOLO D. ABAD 
Publicado en el diario "El Comercio" el miércoles 6 de abril de 2016